Diario de León

SANIDAD DE PUEBLO

«¡No nos quiten el médico!»

Una jornada con el médico y la enfermera de Lillo del Bierzo muestra cómo la reestructuración sanitaria, que recorta 12 plazas médicas y 10 de enfermería en zonas rurales, siembra el miedo a perder la asistencia.

Llueve en Lillo del Bierzo y el médico y la enfermera van a casa de una paciente. El paraguas de la sanidad aún protege a este pueblo.

Llueve en Lillo del Bierzo y el médico y la enfermera van a casa de una paciente. El paraguas de la sanidad aún protege a este pueblo.

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ana gaitero | fabero
León

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«Con lo que nos costó que pusieran el botiquín, ahora que no nos quiten el médico como nos ha pasado con los autobuses que ya no tenemos combinación». Ángela Abella Valle es una de las pacientes que esperan su turno en el consultorio de Lillo del Bierzo. «No hay minería y quedan pocos niños en el colegio. Cuando cierren la escuela se acabó el pueblo», añade la paciente con resignación.

El día está nublado y el agua empapa los tejados y las calles del viejo pueblo minero. Un cartel en forma de esquela pegado a la entrada de la sala de espera alerta sobre los nubarrones que se ciernen sobre los derechos sociales. La gente tiene miedo a quedarse sin el paraguas que protege su salud.

El médico empieza su jornada a las ocho de la mañana en el centro de salud de Fabero. Allí tiene casi hora y media para labores administrativas y para el programa antitabaquismo que coordina para toda la zona básica de salud. Delio Vázquez sale con su coche, adaptado al invierno de la montaña, hacia Lillo poco antes de las 9.30 horas para atender a los pacientes citados en el consultorio, ubicado en la planta baja del edificio de servicios múltiples. Es propiedad del Ayuntamiento y fue acondicionado en 2004 para esta misión. Anteriormente las consultas se pasaban en la casa de la cultura, de la Junta Vecinal. Los dos edificios comparten medianeras. La casa del pueblo está cerrada casi siempre. No hay dinero para mantenerla.

El médico ha cambiado el viejo maletín con el que empezó su vida de galeno de pueblo en Torre del Bierzo por una moderna cartera negra. El fonendoscopio, el recetario, el tensiómetro, el pulsioxímetro, el recetario y un tampón con su nombre y número de colegiado comparten espacio en este maletín moderno con el ordenador portátil que registra su actividad periférica por los pueblos.

Una treintena de pacientes pasan por su consulta y por la de la enfermera en las dos horas de atención. El joven Iván Barbero, en paro, pide algo para el catarro. Es conocido en la consulta. Hace cuatro años se cayó de un tejado en el que trabajaba, sin contrato, y estuvo casi tres semanas en coma inducido. Por la otra puerta se asoma una joven, también con bata. Es la enfermera. Un paciente de 80 años, Blas García, tiene que aprender a usar correctamente el inahalador para tratar su bronquitis. El grueso de su pensión viene de Francia, donde trabajó 24 años.

Es un día de suerte. No todas las jornadas coinciden el médico y la enfermera en el consultorio. «La unidad básica de asistencia que formamos médico y enfermera es básica en el mundo rural. Si hay una urgencia la actuación conjunta es muy importante: puede haber complicaciones», explica Delio Vázquez Mallada, médico de Lillo, Otero de Naraguantes y Bárcena de la Abadía desde hace casi ocho años. Es médico de pueblo por vocación. Aparte de su cupo, de unas 700 personas, atiende a pacientes del médico de Peranzanes cuando se cubren las ausencias. «No siempre, se sustituye poco», precisan.

El día anterior estuvo sin enfermera desde las doce de la mañana. No pasó nada especial. Pero durante una guardia tuvo un caso de un paciente aquejado de infarto y estaba solo. «Tuve que llamar a Rosa —la enfermera titular— que vive en Fabero y acudió fuera de su jornada laboral», señala. Que los sanitarios vivan en el pueblo no es habitual en los pueblos.

Una enfermera o un médico cerca son raras avis en el mundo rural. «Si me viene un paciente con un problema médico estoy limitada y si a él le viene una persona con un cólico renal que necesita una vía intravenosa no puede hacerlo», explica Nadia González, la enfermera de área que cubre la jornada de la titular. Ese día sí «cubrieron ausencia».

Lillo tiene 667 habitantes oficiales y las cartillas rondan esta cifra, aunque siempre es mayor el padrón que el número de cartillas. «En muchos pueblos hay una disfunción entre el censo de habitantes y el número de cartillas», apunta el gerente de Atención Primaria de León, Antonio Astorgano.

En Fabero, al igual que en Villafranca y Villablino, el impacto de la reestructuración sanitaria recae sobre la enfermería. Pierden una plaza en cada una de estas zonas rurales y es más que probable que ocasionalmente haya cupos «descubiertos».

Astorga, Boñar, Cistierna, La Magdalena, Riaño, Sahagún, Valderas y Valencia de Don Juan pierden 12 puestos de médico de familia y siete de enfermería comunitaria por «bajo contenido asistencial», según el decreto de la Consejería de Sanidad. En la práctica, la reestructuración ya está hecha en algunas zonas como Valencia de Don Juan y La Magdalena. «Los Barrios de Luna se ha acumulado a Carrocera y la enfermera ya llevaba las dos zonas», señala Astorgano.

La frecuentación media de los servicios médicos en el medio rural es de 12,1 consultas por habitante y año, mientras que las zonas urbanas es de 7. ¿Por qué? La teoría de que en los pueblos la gente va más al médico «porque tiene más accesibilidad» ofende a una paciente que espera en el consultorio de Otero de Naraguantes: «Venimos cuando lo necesitamos, yo por mí no venía nunca. Aquí me rinde el tiempo muchísimo».

Dispersión de pacientes

«En los pueblos hay menos pacientes pero hay mucha dispersión geográfica. Desde Fabero a Balouta tenemos una hora de viaje», apunta la enfermera. «Tenemos pacientes de edad muy avanzada que no pueden ir al centro de salud, por lo que aumentan las visitas a domicilio pero no los habitantes, fuera del verano», explica el médico. En los meses estivales se multiplica la población y los médicos y el personal de enfermería también toman vacaciones.

No está muy claro cómo se va a resolver el asunto de los meses de verano en localidades que, como Valencia de Don Juan, se ven desbordadas por la demanda sanitaria. El decreto de la Junta no dice nada al respecto.

La hija de Josefa ha venido en pleno invierno desde Barcelona al entierro de su madre. Tiene fiebre y congestión. Aprovecha para dar las gracias a la enfermera y al médico. Su madre precisaba curas diarias: 45 minutos de dedicación de enfermería. «Mis tíos querían venir ayer por la tarde porque están muy agradecidos de lo bien que les atiende el médico cuando están aquí en verano. Que lo conserven por muchos años», desea la mujer antes de despedirse.

El perfil de paciente en el medio rural es el de una persona de más 75 años con pluripatologías y cada vez con más frecuencia inmovilizados en casa. En Fabero, al ser zona minera hay una alta prevalencia de silicosis y Epoc (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica).

Al finalizar la consulta en Lillo, médico y enfermera acuden a un domicilio en el pueblo. También aprovecha para intercambiar información con la farmacéutica, María Jesús Martínez. La gente valora este servicio «nuevo» que llegó en vísperas de la crisis y no sólo porque el servicio ofrece másaccesibilidad al medicamento para personas que no conducen y muchas viven solas.

«El consejo farmacéutico les ayuda tanto o más que el medicamento», apunta mientras despacha a Severino, un jubilado que hace cuatro años, antes de operarse, no podía andar y ahora va él solo al botiquín ayudado por su cacha.

La farmacéutica coloca su cartel de «vuelvo en cinco minutos» y comparte café y breve descanso con el médico y la enfermera en Casa Dolores, una emigrante que regresó de París y puso restaurante y casa rural en plena burbuja. «Aquí veníamos antes a comer cuando nos pagaban las dietas durante las guardias», dicen los sanitarios de Sacyl. Ahora llevan el túper con la comida. En el centro de salud tienen microondas y sala de descanso. Siempre puede haber imprevistos: las alubias de Pili acaban desparramadas por la meseta ese día en un despiste. Pero esa es otra historia.

La jornada continúa en Otero de Naraguantes, como cada lunes y jueves. Los martes y miércoles el médico atiende el consultorio de Bárcena de la Abadía. «¡Que no nos lo quiten!», grita Eugenio Neira con una receta en la mano mientras saluda. «Si quitan el médico montan un Cristo a los pueblos», coincide el pedáneo de Lillo, Amadeo Fernández Prieto.

El papel y la realidad

Sobre el papel, la reestructuración, que ya viene de atrás, aguanta mejor que en la realidad. Los días que falta Delio los dos pueblos satélites de Lillo no son cubiertos por el médico que le sustituye, el de Peranzanes. «Tienen que ir al consultorio principal», apunta una vecina en Otero.

Mientras Delio atiende a otra paciente, Leandro, acompañado de su hija, pasa a la consulta de enfermería para el control de Sintron, una analítica que hace años requería desplazamiento al hospital. Va con chaqueta de traje. La llegada del médico y la enfermera a los pueblos es un acontecimiento. «Tenemos pacientes muy mayores que se ponen las mejores galas», comenta el dúo sanitario consciente de que su labor trasciende lo sanitario y tiene mucho de social, aunque quizá esta faceta no le interesa a Sacyl.

El minero, jubilado, llegó al pueblo desde Lugo en los tiempos de la fiebre del oro negro. Dejó la salud en el pozo. Llega a la consulta con pocas fuerzas y comenta que apenas come. La enfermera llama al médico para que lo ausculte y valore su situación. «Está descompensado», comenta.

En la provincia ha 583 consultorios en el área sanitaria de León y 111 en el Bierzo, que también atienden a los pacientes de otras 77 poblaciones sin consultorio local. «Castilla y León tiene 3.500 consultorios, es la Comunidad con diferencia sobre la siguiente que tiene la mayor cifra», subraya el presidente del Colegio de Médicos de León, Díaz Villarig.

El de Otero de Naraguantes tiene una exigua sala de espera. Hay poca afluencia y alcanzan los asientos para los cuatro pacientes que esperan al médico y la enfermera. La temperatura es buena gracias al gas oil en tierra de carbón. Pero no todo es oro lo que reluce: «Hay días que pasamos frío a la puerta porque se llena a tope y no cabemos aquí», dice una mujer. El consultorio ocupa el lugar de las antiguas escuelas. Es el último servicio que queda en el pueblo.

«Si nos quitan el médico en el pueblo no sé qué vamos a hacer, no estamos más que cuatro viejos y además todos inútiles», afirma Feliciano Blanco mientras la enfermera cura a su esposa, Enedina Ramón Carro.

La mujer, en silla de ruedas, tiene los pies vendados y acribillados por úlceras. «Vino así del hospital de la Reina y llevan curándola meses», se queja la hija. Vive en Madrid y dice que es del «gremio»: «Allí está peor. La Esperanza lo ha destrozado todo y menos mal que han parado la privatización».

Cuidadores

La hija está de paso. «Vivimos solos con una mujer que nos atiende», explica el padre. Maximina, caribeña con doce años de residencia en España, se ocupa de sus cuidados diarios y de la casa. En la tele la policía carga contra los vecinos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) que protestan por la privatización del agua. Al lado de la ventana, Nadia lava cuidadosamente los pies de Enedina, se los cura y venda de nuevo.

«Las heridas sin lavar se pudren», dicen en la tele. Hablan de política, pero parece que estuvieran escuchando a Nadia, que lleva sentada 20 minutos con la operación de cura: «No puedo curar un pie sin lavar y eso lleva más tiempo», explica.

La hija valora la labor de la medicina rural: «Si no vienen a curarla, ¿quién la lleva al centro de salud? La ambulancia valdría mucho más», dice. La paciente sufre demencia y apenas responde a las preguntas. Al lado de la ventana, con vistas al monte, es ajena a lo que ocurre a su alrededor. Su marido no: «No me ha dejado pegar ojo en toda la noche, gritaba». Por dolores, supone.

«El personal disminuye pero las necesidades de la gente aumentan, tenemos cada vez más personas inmovilizadas», apunta la enfermera mientras recoge sus cosas para hacer otro domicilio en Otero de Naraguantes.

Son las 13.30 horas cuando entran en casa de Mercedes. María del Carmen, la cuidadora, abre la puerta. «Hablar con los cuidadores es muy importante», recalcan los sanitarios. El médico toma la tensión, comprueba que la saturación de oxígeno es correcta, hace algunas preguntas a la cuidadora y se despide.

Ahora tiene que ir a casa de Enedina, una consulta no prevista, a petición de la hija. La ausculta y pregunta si está tomando Seguril, el conocido medicamento para eliminar líquidos. Sobre la mesa del comedor, prepara las recetas a mano.

-Tú, ¿qué tal?, pregunta el médico al marido de Enedina.

-Vamos tirando como se puede, contesta el hombre.

La comida está sobre la mesa. Pero el médico y la enfermera siguen su camino de regreso a Fabero para sincronizar los ordenadores. «Es el proceso de volcado de los datos de los pacientes atendidos en el programa general», explica. El área de salud del Bierzo trabaja con el programa Medoracyl 4 desde hace meses. En el área de salud de León acaban de hacer la migración al nuevo sistema la semana pasada. «Los portátiles no siempre funcionan y es imposible hacer las guías asistenciales», se queja la enfermería.

No existe ningún programa de telemedicina en Atención Primaria en León y se apunta que el transporte a la demanda puede ser una solución para los pueblos. «Si vieran las escaleras que hay que subir para ver a Rosa o las que tendría que bajar Mercedes, que apenas puede levantarse... no es tan fácil», señala la enfermera. Sobre todo, cuando se oyen tantos ecos de defensa del medio rural en los discursos políticos.

«Tere lleva 26 pueblos»

«Afortunadamente no trabajamos aislados», señalan al regresar a Fabero. Va llegando el personal desde los pueblos. Pili, desde Candín, «hoy de entierro», dice cabizbaja. «Hay despoblación, sí. Pero si no hay servicios no se puede fijar población», apunta el médico.

Se acerca Inmaculada Gallego, enfermera y sindicalista, con las firmas para exigir la reposición de las dietas. Habla de las amortizaciones de las tres plazas de enfermería en el área de salud. «La de Fabero y Villablino van a Ponferrada y la de Villafranca a otra área de la Comunidad», explica. La situación más compleja en el área del Bierzo es para Tere, una enfermera de Villafranca del Bierzo, que «lleva 26 pueblos», explica. Esta situación en una zona de alta montaña demuestra, según la sindicalista, que la reestructuración «es economicista».

«Es el abandono del medio rural. Se desviste un santo para desvestir a otro», afirma la diputada provincial y alcaldesa de Murias de Paredes, la socialista Carmen Mallo. «Tratan a los pueblos como a ciudadanos de segunda», denuncia.

Hace una década Fabero recogía firmas para mejorar la asistencia con servicios como radiografía. En el centro de salud se hacen analíticas, cirugía menor y rehabilitación. Ahora la gente se agarra al ‘virgencita, virgencita... «¡no nos quiten el médico!».

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