Diario de León

«Es puñeteramente verdad...»

Un escalofrío recorrió ayer León por el crimen que acabó con la vida de la presidenta en la pasarela sobre el Bernesga.

Gestos de asombro, móviles y estupor en torno al cordón policial frente a la pasarela de La Condesa.

Gestos de asombro, móviles y estupor en torno al cordón policial frente a la pasarela de La Condesa.

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

La de ayer fue una tarde de móviles insistentes y de un continuo piar de whatsapps . De una noticia que se extendió por Internet como verdadero seísmo, con sucesivas sacudidas que causaban réplicas de consternación a cada detalle ofrecido, y de cinco palabras que volaron por todos los canales de comunicación conocidos hasta el momento: ‘Han matado a Isabel Carrasco’.

Fue una tarde de caras contraídas en un inabarcable gesto de sorpresa, de horror y de incomprensión, y una tarde en la que muchos leoneses miraron la familiar pasarela del Bernesga de forma completamente distinta, como si allá arriba, en esa blanca hipérbole dibujada en el cielo, hubiera hecho nido la locura.

En el paseo de Salamanca, los primeros que oyeron los disparos que acabaron con la vida de la presidenta de la Diputación fueron los vecinos de las casas cercanas, y también los amigos y compañeros de partido que la esperaban al otro lado de ese río capitalino que jamás llegaría a cruzar. «Yo estaba a cincuenta metros de ella y oí los disparos, pero al principio pensé que eran petardos. Luego me di la vuelta, me dirigí hacia donde estaba y vi que tenía los disparos entre pecho y espalda...», acertaba a decir un muy afectado Marcos Martínez, vicepresidente de la Diputación, incapaz de retener las lágrimas en muchos momentos de la tarde.

Un vecino escuchó dos detonaciones y las achacó a alguna de las protestas y manifestaciones que de vez en cuando registra la sede del PP. «Un poco más tarde, no sé por qué, me empecé a preocupar, bajé y me encontré con todo esto». Y con lo que se encontró ese hombre fue con la policía acordonando la zona y con un incesante goteo de familiares, de compañeros y de muchos leoneses anónimos que preguntaban y recibían la más inesperada de las respuestas.

Silencios, exclamaciones, manos llevadas a la boca o a la cabeza —como buscando reconocer la realidad de un hecho aparentemente tan irreal— se sucedían entre los ciudadanos. «Es increíble, increíble», repetía uno. «¿Cómo es posible que una persona pueda ser tiroteada así, a plena luz del día?», se preguntaba otro, y su compañero, indignado, temía: «No sé si no acabaremos como en México...». Una mujer joven reflexionaba en voz alta: «Que sí, que está todo muy mal, pero esto no puede ser. Hay otras formas; hablar, dialogar... ¡pero esto no!». Carentes de la palabra adecuada, algunos simplemente miraban hacia el puente, paralizados. Concejales de la capital leonesa y de otras localidades, diputados, políticos de todo signo, responsables de sindicatos y ante todo, personal de la Diputación —su secretaria, su chófer, personal de prensa—, se abrazaban, lloraban o callaban, en pleno estado de shock. Los momentos más difíciles se vivieron cuando la policía confirmaba a un grupo de amigas personales y familiares —entre ellas, una de las hermanas de Carrasco— la terrible noticia. El resultado fueron gritos de impotencia, lágrimas desbordadas y algunas llamadas telefónicas articuladas con voz partida: «Es puñeteramente verdad...», lloraba una.

Los últimos en verla

No era menor la zozobra de quienes la vieron por última vez: Raquel Serrano trabaja en la farmacia Martín Granizo y aunque habitualmente la veía pasar, ayer no se fijó. Eran ya casi las seis cuando le sorprendió el revuelo que se había organizado frente a la pasarela, y la noticia le llegó a la puerta de la botica. Allí estaba también María Ángeles Delgado, que había acudido al centro de salud de La Condesa con su familia. No sabían lo que había ocurrido, pero cuando conocieron la información descubrieron que fueron de las últimas personas en ver con vida a la presidenta: «‘Es Isabel Carrasco’, le dije a mi hermana. Fíjate que le comenté: ‘¿Cómo puede ir sin escolta?’», apuntó esta mujer de Benavides de Órbigo. Tenían cita a las cinco en punto y nada más salir del médico, «quince minutos después», se cruzaron con la presidenta de la Diputación pocos metros después de que ella saliera de su casa. «Me fijé en ella por sus zapatos, que eran de mucho tacón y fucsias», declaró sorprendida.

Tras el levantamiento del cadáver, la gente se resistía a abandonar el lugar. Seguían mirando un puente que jamás volverá a ser el mismo, hablando por el móvil y mirándose unos a otros, intentando comprender.

León, helado

«¡No puede ser!», dijo en voz alta una mujer en su taller cuando escuchó la noticia por la radio. María Teresa Morán se había cruzado con la presidenta de la Diputación una hora y media antes por la calle General Lafuente. «Iba acompañada de un hombre y me quedé mirando para ella porque llevaba un abrigo rosa, igual que yo», comenta. Luego se enteró de que Isabel Carrasco había comido con el periodista Fernando Jáuregui.

Las temperaturas bajaron ayer en León y el ánimo de la ciudad se quedó helado con el crimen. En la Facultad de Educación, el profesor dio la noticia «y salimos corriendo», confiesan sus alumnas. Cerca de la Catedral, las adolescentes de una clase de danza salen conmocionadas: «¡Han matado a Isabel Carrasco!».

La noticia corría de móvil en móvil. «Me llamaron del pueblo», comenta un hombre que viene de recoger a su hijo pequeño de la escuela. Y de boca en boca. «Me llamaron de Madrid», dice otra mujer por Ordoño II. «A mí de Oviedo», contesta su acompañante.

Al filo de las ocho la tarde la gente seguía arremolinada en torno a la pasarela sobre el Bernesga con la vista puesta en una policía que tomaba las huellas sobre el pasamanos de la barandilla. «Hay que pensarlo mucho para tener pistola y venir aquí a matarla...», comenta un anciano.

El pequeño camión de la limpieza espera a que le den la orden para limpiar el lugar del magnicidio. La gente sigue su camino y comenta. «¡Qué tengamos que salir en la televisión por estas cosas!», dice un hombre pesaroso.

El obispo de León, Julián López, y el vicario, Pedro Puente, miran atónitos el escenario del crimen, mezclados entre la gente. Están a la espera de saber dónde se colocará la capilla ardiente. A su lado, un joven comenta por el móvil que las dos detenidas son esposa e hija de un inspector de policía de Astorga.

Silencio

Un ramo de rosas preside la mesa de la Asociación de Personas Afectadas por Fatiga Crónica y Fibromialgia que ayer realizaban una cuestación frente al Palacio de los Guzmanes. Una de las mujeres comenta en voz lo que ha visto en televisión. Guardan silencio mirando hacia las puertas cerradas del Palacio de los Guzmanes.

En el hospital, el cadáver de la presidenta de la Diputación era examinado con un TAC para determinar el curso de los impactos de bala que acabaron con su vida, antes de proceder a la autopsia.

Al filo de las ocho de la tarde las banderas de las instituciones están izadas a media asta en señal de luto, anticipándose a los plenos y decretos oficiales. «No damos crédito», dice a su amiga una leonesa funcionaria de la Junta en Valladolid. «Nuestra consejera va para allá», añade.

Muchos políticos tienen que tomar rumbo a León. El primero, el Subdelegado del Gobierno, Juan Carlos Suárez-Quiñones, que se encontraba de viaje en Madrid. El Procurador del Común, Javier Amoedo, se entera del crimen en Navarra donde asiste a unas jornadas de defensores autonómicos. A las ocho en punto el delegado del Gobierno da los escuetos detalles oficiales en una rueda de prensa. Dos detenidas. Madre e hija. 55 y 35 años.

«¡El marido es inspector de policía de Astorga!», comenta un joven por su móvil frente a la pasarela. Los detalles del crimen se van desgranando poco a poco. También abundan los comentarios sobre la víctima: «Esta mujer valía mucho. Era muy activa», dice el hombre mayor.

«Nadie se merece una muerte así, por mucho daño que haya hecho ella», opina otra mujer. Pasadas las ocho y media el ajetreo se concentra frente al Palacio de los Guzmanes. La plaza de Botines se llena de coches oficiales y la gente murmura pendientes de las caras de los que van saliendo de los vehículos.

El delegado territorial de la Junta, Guillermo García, recibe consternado las condolencias a la puerta: «No tiene sentido», afirma visiblemente afectado. Desde el presidente del Congreso de los Diputados, Jesús Posada, al alcalde de Riello que llega acompañado de un nutrido grupo de jóvenes. Se acerca también Santiago Ordóñez, el coordinador provincial de Izquierda Unida, y llegan la alcaldesa de Villablino, Ana Luisa Durán y la diputada socialista Hermelinda Rodríguez. El alcalde de La Pola de Gordón, Francisco Castañón, y el procurador del PP y alcalde de Valencia de Don Juan también acuden a las puertas de la Diputación.

El desfile de autoridades y cargos provinciales se prolonga durante más de media hora para asistir al pleno de la Corporación provincial. Un sonoro aplauso sale por las ventanas abiertas del palacio.

Las cadenas de televisión revolotean por las arterias principales del centro para buscar el mejor sitio desde donde retransmitir sus crónicas.

A la puerta de casa, el niño que ha ido jugando todo el rato mientras su padre habla del asesinato de la presidenta, pregunta de repente:

—’¿Qué ha pasado, papá?’, pregunta el niño.

El padre mira al chaval y, duda, no sabe qué contestar. Sólo tiene una explicación.

—Una desgracia, hijo.

Información elaborada por: Miguel Ángel Zamora, Luis Urdiales, Abigail Calvo, Juan Carlos Franco, Alberto Domingo, María Carnero, Maite Rabanillo, Emilio Gancedo, Asun García Puente, Álvaro Caballero, Ana Gil, Manuel Carlos Cachafeiro, Armando Medina, Ana Valencia, Vanessa Araujo, José Mª Campos, María Jesús Muñiz, Verónica Viñas, Carlos Frá, Marco Romero, Carmen Tapia y Ana Gaitero.

tracking