relevo en la corona española Decimotercera entrega de despachos
El rey de todos los españoles

El rey transmite los recuerdos enviadospor Zapatero a Amilivia en 2007.
Opinión | MARIO AMILIVIA GONZÁLEZ
PRESIDENTE DEL CONSEJO CONSULTIVO DE CASTILLA Y LEÓN
Lo primero que quiero decir en relación a la figura de don Juan Carlos I es que España ha contado con un monarca que ha presidido la concordia entre los españoles, que ha impulsado el consenso, que ha defendido nuestro sistema democrático y ha sido —y es— el mejor símbolo de la unidad y de la permanencia de nuestra nación. Además, desde el punto de vista personal, los españoles hemos tenido la suerte de contar con un rey cercano, afable y cariñoso. El rey de todos los españoles. Como Diario de León me pide que rememore algún tipo de vivencia personal o alguna de las anécdotas que tuve la ocasión de vivir en mi condición de alcalde de la ciudad de León durante las diversas visitas de Sus Majestades, voy a exponer algunos ejemplos que, creo, dan buena fe de ello.
El primero de ellos, siete años atrás, siendo alcalde en funciones, con ocasión del desfile del Día de las Fuerzas Armadas que tuvo lugar en Eras de Renueva. Las autoridades nos hallábamos en el Hostal de San Marcos esperando el saludo real, como marca el protocolo. Cuando llegó el rey, bajo la atenta mirada de Doña Sofía, me dio un abrazo efusivo tras el cual me dijo: —«Te traigo especialmente un gran abrazo de un amigo tuyo». —«¿De quién señor?», le pregunté. —«Del presidente del Gobierno; que le quiere mucho», me contestó. A lo que añadí: —«Ya, ya lo sé. Pero ya ve cómo es la política...». En aquel momento el rey se convertía en interlocutor entre dos leoneses, uno presidente del Gobierno, y otro a punto de convertirse en ex alcalde. Con el mensaje que me trasladaba lo único que pretendía era, a mi juicio, unir, sumar; hacer ver de la manera más gráfica posible que por encima de la política siempre están y estarán las relaciones humanas, como así es en verdad.
Con un carácter marcadamente socarrón, recuerdo otra anécdota con ocasión de un acto en la Academia Básica del Aire. Unos días antes, me había autolesionado un ojo durante un partido de frontenis con el consiguiente y visible moratón. Según me vio, don Juan Carlos se acercó para decirme: —«¿Qué te ha pasado?». —«Majestad, me he dado un golpe con la raqueta jugando al frontón?», contesté. Su reacción inmediata fue partirse de risa, mirar a su alrededor, y hacer gestos dubitativos. En el transcurso de aquel acto, en reiteradas ocasiones, se dirigía a mí ante la mofa de los allí congregados para volver a preguntarme qué era lo que me había pasado. Existe incluso una fotografía en la que con el ojo amoratado intento explicarle lo que me ha sucedido con su cara de asombro.
Personalmente he lamentado mucho la abdicación del rey. No obstante, lo he entendido como un acto de responsabilidad. Tenemos que ser conscientes de que en estos momentos, en la sociedad actual, no es necesario agotar los cargos hasta el final de las propias vidas. Hay que dar paso a las generaciones nuevas, con energías renovadas, para asumir y entender mejor el reto de los nuevos tiempos. Y qué mejor ejemplo que el heredero de la corona, su hijo Felipe. Con su acto de abdicación, el rey ha vuelto a prestar un servicio a España. Ha vuelto a ser, como decía Cánovas del Castillo, «antes que un monarca, un hombre».
Desde su restauración, la monarquía no ha sido jamás un obstáculo para el ejercicio de las libertades, el bienestar y el progreso de los españoles. Muy al contrario, ha sido su principal motivo. De ahí que nuestra Constitución vigente consagre la institución monárquica como forma del Estado español. Las libertades y el progreso que hemos alcanzado en estas décadas no le son ajenas. Cuando por efecto de la crisis se han resquebrajado, en la misma medida lo ha sufrido un régimen por él impulsado y que alcanzó dichas cotas. Quien quiera acabar con la monarquía deberá plantearse modificar la Constitución, la más duradera de nuestra historia, que ha garantizado una España de hombres iguales en deberes y derechos, y que nos ha permitido prosperar como en ninguna otra época anterior de nuestra historia.
Ya como presidente del Consejo Consultivo, durante el acto de inauguración de las Cortes de Castilla y León, quiero rememorar otra anécdota que es expresión del carácter afable y cariñoso de nuestro rey. Unos días antes del acto, había tenido lugar el famoso cruce dialéctico del «¿Por qué no te callas?» entre don Juan Carlos y Chávez, episodio que dio lugar a que el monarca fuera una vez más objeto de críticas, en mi opinión, desproporcionadas. Me acerqué a él y le dije: —«Señor: tiene todo mi cariño y mi respeto, y apoyo decididamente lo que ha hecho hace unos días». Observé en su cara que mis palabras de cariño no le fueron ajenas. Noté que era un hombre, como todos, necesitado también de afecto.
Instantes después, se iba a proceder al brindis oficial de la inauguración. Yo me encontraba al otro lado de un reducido grupo de autoridades entre las que se encontraban sus majestades. Don Juan Carlos se encaminó decididamente hacia mí para ofrecerme una copa. —«¿Tú no brindas?», me inquirió. Esa copa la guardo desde entonces con un enorme cariño. Sirva esta última anécdota como expresión de un hombre de Estado que, como he subrayado, es afable, próximo y cariñoso. Afecto y cariño que ha brindado a todo el mundo, por lo que ahora es justo merecedor de nuestro respeto y agradecimiento.