EL CRIMEN DE ISABEL CARRASCO El ambiente del juicio
El ala este de la Audiencia Provincial
Casi un centenar de periodistas copan la sala paralela a la del juicio para cubrir y analizar el testimonio de las acusadas.

La sala de medios estuvo ayer sin un espacio libre.
La niña de mamá se sienta en el sillón delante de todos, con la espalda recta, la mano derecha asentada paralela al muslo y la izquierda reposada en la pierna. Bien educada, como la enseñó mamá, que observa con arrobo desde su escaño lateral cómo la niña se enfrenta a la sala, cómo contesta con su hablar aniñado, cómo la miran todos, cómo se pone un poco ceñuda cuando le disgustan las preguntas, cómo se encoge de hombros, cómo encaja cara de desamparo, como cuando a la niña, que siempre fue muy buena, la pillaban en un renuncio. Va bien, piensa con la mano en el mentón altivo mamá, que se levanta como un resorte cuando la niña pide agua. «Usted no se mueva que para esto hay funcionarios», le recrimina a mamá el juez, que no sabe lo que ha tenido que hacer por la niña. «Que tenga cuidado el magistrado, que esta no se anda con bromas», se oye entre risas en la sala de prensa, donde se cazan titulares, se cruzan apuestas de a quién contestarán las acusadas y se interpreta cada declaración, cada gesto, cada pregunta, como si el veredicto dependiera de ella. «Si tuvieras que jugarte la absolución o comerte 23 años de cárcel, ¿no hubieras dicho desde un principio que te intentaron forzar?», razona Mateo Balín, experto en tribunales de la agencia Colpisa.
No acaba de convencer la niña, que suelta palabrinas acabados en in en las que la asturiana Noemí Bautista, de Informativos Telecinco, encuentra rastros de «acento de Gijón». «Cuando la ha preguntado en qué le había hecho daño Carrasco, el fiscal la llevó al atentado a la autoridad, que era lo que quería», apunta Fernando J. Pérez, del diario El País. Por detrás se oye el interrogatorio tutelado del abogado defensor, que corta a su cliente a poco que se sale del sí, del no, de lo ensayado. «Déjala acabar», explota una compañera al fondo ante la enésima interrupción del letrado. «¿Este no fue también el abogado de Ramoncín en el tema ese de la Sociedad General de Autores? Pues que le diga algo a Triana que ha reconocido que dejaba el ordenador abierto para bajarse películas», se escucha para rizar la broma, justo antes de que la niña se levante de la silla y vuelva a su sitio: al lado de mamá.
Ni la ha mirado en todo el rato Raquel Gago. Raquel Gago, que era «su amiga», ha seguido las preguntas con la cabeza ladeada a la izquierda y la cortinilla del pelo tendida, como si la negara. «No las quiere ni ver», resume una de las funcionarias que siguen el juicio por las pantallas de la sala de prensa y que no es la primera vez que las oye declarar. «Si yo fuera su abogado no sé si la aconsejaría que contestara al resto. Mira cómo está», vaticina Carmen Bayón, de TVE. Pero lejos de hacer bueno el augurio, Raquel Gago camina con una carpeta azul hacia la silla, toma asiento y se yergue aupada por las hombreras que le dan a su chaqueta un aire de uniforme policial con galones. «¿Va a contestar a todas las partes?», le pregunta el magistrado. «Sí», asiente. «A ver si se bloquea», deja caer uno de los que apuntan sin parar.
No lo hace. Raquel Gago se recoge primero el pelo detrás de una oreja para leer los apuntes de las horas exactas de las llamadas telefónicas y luego acomoda otro mechón detrás de la otra, ya más suelta, para encarar las preguntas del fiscal sin ningún obstáculo delante de los ojos. Mira a su abogado de reojo de vez en cuando para buscar asentimiento. Si no sabe, no contesta, ni pica en las hipótesis que le tiende como trampas Emilio Fernández a cada paso que avanza. Poco a poco se asienta, apenas tambaleada cuando la interrogan sobre por qué Triana dejó el bolso en su coche. «Desde entonces, no he tenido vida», balbucea, aunque vuelve a reponerse al instante e incluso se levanta para escenificar cómo abatió los asientos del coche y halló el revólver. No cede y termina por hacer una exposición detallada de por qué son inexactos los posicionamientos de los teléfonos en los que se apoya la acusación para justificar que hacía seguimientos a Carrasco. «La coloca en el Congreso de los Diputados y un minuto después en el Crucero», explica con la mirada posada en el jurado para empatizar. «Venga, vale, muy bien», intenta neutralizarla el representante de la Fiscalía, mientras en la sala de prensa se reparten los aplausos por las mesas. «Ahí lo ha clavado, pero hay grietas en las 30 horas que pasó con la pistola», despeja Paco Velasco, veterano maestro de periodismo jurídico, ahora en La Razón.
En la calle, el pelotón de gráficos espera ante la puerta a que salga y la persigue calle del Cid abajo, trastabillados entre las vallas, atropellados entre sí hasta el punto de dar a Raquel con la parte trasera de una cámara en la cabeza, justo cuando les acaba de regatear. No dirá ni una palabra. Ni un gesto, mientras se pone la bufanda que la tapa el colgante que luce sobre la blusa: una cadenita con un lazo. Los hay que unen; éste, por ahora, la ata.