Testimonios desde primera línea. Siete directores del decano de la prensa leonesa, los siete últimos, relatan a partir de hoy, como testigos privilegiados, los episodios que marcaron la historia del periódico, y de la sociedad leonesa, en buena parte de sus 110 años.
Nuestra transición en la Transición

Olave, a la derecha, junto a Camino Gallego e Íñigo Domínguez ante la mesa de maquetación.
Si creemos con el tango que veinte años no es nada, cuatro —los que estuve al frente del periódico— serían la quinta parte de nada, así que debería dejar paso a mis sucesores, que ellos sí han cubierto etapas más largas. Pero cumpliré con el encargo que se me hace y además lo hago muy agradecido, pues soy consciente de que me beneficio de la solera de un título que cumple 110 años con buena salud, lo cual es muy de celebrar cuando tantas cabeceras prestigiosas desaparecen en todo el mundo o se repliegan a sus cuarteles digitales. Eso sí, voy a contar sólo lo que pervive en mi memoria sin acudir a ningún archivo porque eso ya lo harán otros y sobre todo para evitar episodios negativos, impropios en una fiesta de cumpleaños.
Porque mi estancia en León fue en cualquier caso muy intensa y su huella en mi trayectoria profesional, mucho más profunda de lo que cabría deducir de las fechas de llegada y partida. La primera, y vamos al grano, es noviembre del año 1973, cuando llego de Oviedo y no a secarme como pregonaban los asturianos al atravesar el aún temible Pajares. Un grupo de empresarios encabezado por Ángel Panero se habían propuesto relanzar el periódico y lo dotaron de un sistema de fotocomposición y de una rotativa offset que en aquel momento sólo habían incorporado tres o cuatro diarios en toda España. El rodaje lo estaba realizando Alfredo Marcos Oteruelo, un director culto y competente dedicado también a la enseñanza, con una redacción muy joven pero que se encontraba poco motivada.
Los gestores veían que el esfuerzo tecnológico no era suficiente para convencer de que se buscaba un estilo nuevo y decidieron el relevo con alguien también muy joven que fui yo. El equipo se entusiasmó enseguida con el proyecto —y eso que suponía más trabajo del acostumbrado—, probablemente porque me hice acompañar en el desembarco de dos grandes periodistas y amigos como Luis Infante y Pilar Cambra, que en pocos días ilusionaron a redactores tan valiosos como José Luis Aguado, Manuel Antonio Nicolás, Pedro Trapiello, Carlos Bernal, Antonio Núñez, Jaime Morán... Con Eduardo Carbajo ya había trabajado en Asturias y de Ángel Herrero Roherre y de Lamberto Enrique Martín no tenía que preocuparme porque los deportes no eran lo mío, aunque sí de Panero, que también presidía la Cultural Leonesa. Poco después vendrían la todoterreno Camino Gallego, Maite Bayona y el redactor jefe Íñigo Domínguez, que fue además un gran reportero y entrevistador que se puso al frente de esa transición del diario hacia los nuevos tiempos que se adivinaban y que fue respetuosa con su brillante pasado, imposible de olvidar porque todas las mañanas nos visitaban Marcelo Martínez Aláiz y don César Trapiello a la vuelta del cabildo catedralicio; también quisimos mantener el prestigioso Premio de Poesía que evocaba a la Espadaña del antiguo director don Antonio González de Lama, y ahí despuntaron Vicente Presa, Manuel Ballesteros y otros. Entre los colaboradores que recuerdo como más asiduos estaban Francisco Calleja, Ángel Barja, Antonio Gamoneda, Esteban Carro Celada, Ernesto Escapa...
Si digo que lo pasamos muy bien en aquella redacción —y no quiero olvidar al equipo técnico y administrativo encabezado por José María Villamediana— corro el riesgo de algún desmentido, pero creo que fue así porque en nuestra pequeña revolución todos aprendimos mucho y tuvimos que ayudarnos sin personalismos para hacer un cambio que era bastante más que un lavado de cara. Claro que la explicación última hay que buscarla en que justamente entre los años 1973 y 1977 se produce el tramo determinante de otra Transición, ésta con mayúscula según ha pasado ya a la Historia de España.
últimos días del franquismo
Llevaba poco más de un mes como director cuando la ETA asesinó al almirante Luis Carrero Blanco en vísperas de Navidad. Recibí el aviso en casa y me encaminaba hacia Pablo Flórez, donde estaba el periódico, pensando que a lo peor ya lo habría tomado la Guardia Civil. No fue así, ni tampoco hubo medidas apreciables que cambiasen en los días siguientes las rutinas de las relaciones con el Ministerio de Información y Turismo. Sin embargo, al menos yo adivinaba que ese mismo día comenzaba el postfranquismo, pues ya nada sería igual sin el que estaba llamado a ser el albacea de Francisco Franco que intentaría garantizar la continuidad del régimen con el eufemismo «después de Franco, las instituciones».
Me han preguntado por la noticia más importante de esos años, que a priori debía ser la muerte de Franco. (Entre paréntesis, el suceso que hizo vender más periódicos fue el protagonizado por una mujer de nombre Covi que descuartizó a su explotador y repartió los restos por la provincia). Sin embargo, y visto ya con cierta perspectiva histórica, el «hecho sucesorio», tan previsible aunque demorado a causa del encarnizamiento terapéutico —en las redacciones se decía que estaba muriendo por fascículos—, tenía menos trascendencia que el advenimiento de la democracia tras la instauración monárquica. Así pues, la desaparición de Carrero y de Franco, la proclamación como Rey de Juan Carlos I y las primeras elecciones democráticas que dieron paso a las Cortes constituyentes conforman inseparablemente la noticia del último tercio de nuestro siglo XX, cuanto más la de mi etapa en DIARIO DE LEÓN. Y el periódico se sumó sin titubeos a los que favorecieron el inmediato establecimiento de todas las libertades democráticas.
«El Parlamento de papel»
A medida que la dictadura se iba haciendo dictablanda por el declive de su caudillo y por las contradicciones entre las familias políticas del entorno franquista, el pluralismo que aún no tenía cauce para manifestarse en partidos políticos y sindicatos libres iba tomando posiciones desde sucedáneos de todo tipo y tuvo en los periódicos un altavoz que dio lugar a la expresión «el Parlamento de papel», llegando a desfigurar el tradicional papel de los medios por un cambio drástico en las prioridades informativas. Mi impresión de aquellos años es que casi todo lo mirábamos con el cristal de lo que estaba por llegar, y ahora mismo vienen a la mente con más facilidad los nombres de los primeros candidatos al Parlamento —Manuel Núñez, Baudilio Tomé, Emilio Martín Villa, Cristóbal Halfter, Manuel Azcárate o Miguel Cordero del Campillo, éste por tantos motivos— que los del municipio: José María Suárez, Luis Manuel Martín Villa, Julio César Rodrigo de Santiago, José Manuel Serrano..., los dos primeros con el plus de sus hermanos los ministros Fernando Suárez y Rodolfo Martín Villa. Quizá convenga señalar que la UCD de Adolfo Suárez obtuvo siete de los diez escaños que se disputaban en la provincia de León.
Claro que cuidamos la información local y regional, e incluso la internacional, a la que se dedicaba el gran Eduardo Carbajo, que tenía porte de aristócrata y resultó ser conde de Samaniego del Castillo. Claro que eran protagonistas frecuentes Emiliano Sánchez Lombas, el todopoderoso y sin embargo amable Emilio Hurtado, el decano de «la Facultad» —entonces no había Universidad— Miguel Abad Gavín, el sabio don Antonio Viñayo, Odón Alonso padre y su hijo de visita para montar El Mesías en San Marcos, el atípico general de la Guardia Civil Manuel Prieto y hasta el coronel Barangua, que en el CIR de El Ferral del Bernesga arengaba cada tres meses a las familias de los reclutas del reemplazo asegurándoles que «nos habéis entregado a unos muchachos y os devolvemos a unos hombres». Y qué decir de los poncios o gobernadores civiles que tuve en suerte: Luis Ameijide, ya de retirada y todo amabilidad, y Francisco Laína, que había de ser un campeón de la democracia al presidir la comisión de subsecretarios en el 23- F, pero que a mí me amenazó en su despacho con aplicarme una normativa antiterrorista (!) por informar cumplidamente de la oposición ciudadana al proyecto de central nuclear en Valencia de Don Juan.
En gran medida para fortalecer la tan demandada información nacional, la agencia Multipress fue como nuestra redacción en Madrid, sirviéndonos crónicas parlamentarias de Carmelo Cabellos, análisis políticos de Ramón Pi, las celebradas crónicas cortesanas de la ya citada Pilar Cambra y unas entrevistas dominicales con las grandes figuras políticas emergentes, que tuvieron un eco insospechado. No lo digo yo: cuenta José María García-Hoz, director entonces de la agencia, que el New York Times recogió parte de una de aquellas entrevistas —debía ser la del Conde de Los Gaitanes, jefe de la Secretaría Política de Don Juan de Borbón-, que me llamó alborozado para decirme que nos citaba el mejor periódico del mundo y que yo contesté «Bueno, nosotros también citamos a veces al New York Times». Puede que fuera demasiado joven.