Diario de León

Una cadena de 110 años

El periodismo por bandera. 5/7

La adquisición de ‘La Hora Leonesa’ y la sucesión de tres nuevos propietarios trajeron los mejores tiempos para el Diario de León, que bajo la dirección de Fernando Aller vivió apasionantes capítulos de la historia de España y de León.

Fotografía de la Redacción del Diario de León en 2009, con Fernando Aller sentado a la derecha. DL

Fotografía de la Redacción del Diario de León en 2009, con Fernando Aller sentado a la derecha. DL

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Fernando Aller. Director de enero a julio de 1984 y de octubre de 1997 a junio de 2010
León

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Treinta y un años vinculado al Diario de León, más de trece como director, es tiempo sobrado para que uno llegue a sentir que el periódico forma parte de su ADN vital, por encima de los lógicos avatares sociales, políticos y empresariales del medio. Su director actual, Joaquín Sánchez Torné, compañero algún tiempo y amigo siempre, me pide que escriba este artículo para sumarme a la conmemoración de los 110 años de existencia del periódico. Así, sin más indicaciones, parece lógico que uno pueda sentir el vértigo de la repentina zambullida en el pasado, tela de araña urdida con recuerdos, dulces los más, algunos amargos, y añorados, ninguno. La nostalgia ya no es lo que era, dijo alguien con fina ironía y cierto sentido equivocado de que cualquier tiempo pasado fue mejor. A cada día le corresponde su afán y no es pretensión de quien suscribe saldar cuentas pendientes, enjuiciar lo que fue o aquello que no ocurrió. En primer lugar, porque sería tarea inútil y, después, porque las explicaciones sólo interesan a quien las da.

Afronto esta página en blanco, por lo tanto, con la única pretensión de responder a un encargo y de relatar vivencias —inevitable alguna reflexión al socaire— de una etapa del DIARIO DE LEÓN que trasciende al propio periódico. No hay que olvidar que un medio de comunicación es mucho más que una empresa, porque produce ideas y pone en común el conocimiento de hechos que perfilan lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, de la sociedad a la que siempre estará obligado a servir. De ahí la alta responsabilidad exigible a todas las personas relacionadas con los medios de comunicación de masas: propietarios, asalariados y agentes sociales y políticos no exentos de la tentación y la capacidad de interferir en los mensajes.

Trabajaba en Madrid cuando el entonces director Íñigo Domínguez me ofreció venir a León. La tierra tira y acabé por decir que sí. Me incorporé a la plantilla del periódico en enero de 1979, un año apasionante para un «periódico de provincias» porque se avecinaban las primeras elecciones municipales de la democracia. A mi llegada entrevisté a Óscar Rodríguez Cardet y le pregunté qué sentía como último alcalde de la dictadura. No he olvidado su respuesta: «No soy el último alcalde de la dictadura, sino el primero de la transición». El matiz era más importante de lo que yo entonces pensé. La transición no fue solamente Suárez y el refrendo de la Constitución en 1978. Fue un periodo mucho más largo, no superado hasta que el intento de golpe de Estado del 23-F comenzó a verse en la distancia del retrovisor de la historia. Aquellas fechas coincidieron con la aprobación del Estatuto de Autonomía de Castilla y León. Lógicamente en aquel ambiente de incertidumbre, de miedo, el asunto estatutario quedaba situado muy lejos de la preocupación de los leoneses. Un capricho de la historia convertido en inesperado lubricante para facilitar y consentir la investida y la afrenta. A los medios de comunicación leoneses, hay que reconocerlo, la intentona golpista también les sumió en una especie de parálisis cerebral. Si alguien supo algo, no lo contó. Sólo años más tarde se publicó que las «fuerzas vivas» de León se fragmentaron en dos posiciones: quienes durmieron fuera de casa aquella noche y corrieron a esconder documentos en pozos e improvisados zulos y aquellos que se apresuraron a ponerse a las órdenes de la autoridad militar competente. La mayoría social esperaba acontecimientos pegada a la pantalla del televisor con el corazón encogido. La fracasada intentona golpista tuvo algo positivo: fue el mejor antídoto para aquellas enfebrecidas mentes que cada día arreglaban el «problema de España» en tertulias de café en las instalaciones castrenses.

Convivían en aquella década dos periódicos en León, el DIARIO DE LEÓN y La Hora Leonesa. Este último, heredero de Proa, había sido creado por Franco en plena guerra civil para cantar los encantos del Movimiento. De esta forma el periódico propiedad del Estado, nacido para mayor gloria de una dictadura, trocó su línea editorial en progresista a medida que se producían los cambios políticos en democracia (notables y sorprendentes para le época fueron sus editoriales en favor de la Ley del Divorcio) y situó indirectamente al DIARIO DE LEÓN en la cuneta conservadora.

La situación resultaba insostenible desde el punto de vista económico. En enero de 1984 se fragua una alianza empresarial con un doble objetivo: cambiar el marchamo ideológico del DIARIO DE LEÓN y preparar de esta forma el camino para la compra de La Hora Leonesa, en subasta pública y sin competidores. El constructor Servando Torío se convirtió en accionista mayoritario y presidente de un consejo de administración en el que, entre otros, también estaban Ángel Panero, Martínez Núñez y el empresario minero Antonio Rey. Poco corral para tantos gallos. Miguel Pérez Villar fue el estratega de aquel plan y yo, con apenas 32 años, recibí su encargo para ejecutar el proyecto desde el punto de vista editorial, en calidad de director en funciones. Conformábamos un equipo joven y entusiasmado, tanto en la redacción como en los talleres y la administración. No hay espacio para perderse en detalles. Digamos que se alcanzó el objetivo. Fue adquirida La Hora Leonesa en el precio de salida y posteriormente cerrado el periódico. El DIARIO DE LEÓN pasaba así a convertirse en única referencia de la prensa en el ámbito provincial.

Fue un tiempo breve, poco más de un año. El consejo de administración del periódico se fracturó: Servando Torio se quedó la propiedad mayoritaria y el también constructor Martínez Núñez lideró el grupo disidente, que se confabuló el mismo día de la ruptura para crear La Crónica de León. El DIARIO DE LEÓN, sin embargo, nunca perdería ya la supremacía comprada.

Apenas cinco años después se hace con la propiedad del rotativo la familia Vázquez Cardeñosa, conocida en León por ser también la propietaria de Motores Piva. Con el periódico asentado desde el punto de vista editorial, se lleva a cabo la modernización con nuevas instalaciones y maquinaria. Fue un periodo sumamente fructífero, con un equipo humano unido y entregado a la causa, liderado por José Gabriel González, director general, y Francisco Martínez Carrión, director editorial.

Siete años después, la familia Vázquez vende el rotativo al grupo editorial La Voz de Galicia. El 18 de de septiembre de 1977 Santiago Rey toma posesión del periódico y mantiene en la presidencia a Antonio Vázquez durante un tiempo. Paco Carrión había anunciado su marcha a Caja España, donde sería director de Comunicación, y el día 1 de octubre de aquel mismo año aparece publicado mi nombramiento como director. Comienza aquí una etapa de expansión sin precedentes, ya que el Grupo Voz, uno de los holding de comunicación más importante de España, aporta al DIARIO DE LEÓN infraestructura técnica, apoyo periodístico en España y en varios países extranjeros y, sobre todo, un objetivo especial: el negocio editorial como única razón de ser. Desprendidos de cualquier otro lastre, sin más intereses a los que servir, pronto se ven los frutos: se alcanzan cotas de difusión y ventas nunca superadas. Fueron diez años en los que cada ejercicio económico superaba al anterior. La bonanza económica en la que vivió España fue determinante también. En el año 2006 se celebró el centenario del nacimiento del periódico. Instituciones y empresas se volcaron en el proyecto, sin duda en gran medida motivados por el entonces y ahora gerente, Santiago Sarmiento. Aquella colaboración fue determinante para desarrollar un programa sin precedentes y difícilmente superable en el futuro: conciertos, edición de 52 novelas de autores leoneses (más de medio millón de ejemplares), regalos a todos los niños nacidos aquel año, un bastón y ramo de flores para los ancianos que alcanzaban centenaria edad, publicación en fascículos de El Siglo de León…. Un largo etcétera símbolo de la confianza ganada por el periódico entre la sociedad leonesa, fraguada durante años, y vínculo que sin duda permanecerá para siempre.

A principios de 2007 el periódico fue comprado por su actual propietario, José Luis Ulibarri. La colaboración entre ambos fue fructífera y para mi gratificante durante tres años. Después, circunstancias ajenas a la voluntad de ambos nos marcaron caminos separados.

He trabajado con seis presidentes-propietarios del DIARIO DE LEÓN. Con cuatro fui director. A todos nos ha cabido la satisfacción, sin duda, de haber sido eslabones de una cadena mucho más grande, no oxidada sino fortalecida por el tiempo, formada por miles de empleados y colaboradores, millones de lectores, para que ahora pueda ser esgrimido el legítimo orgullo de cumplir 110 años.

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