Diario de León

PERSONAJES AL TRASLUZ

«Traer a gente de la diáspora es llenar espacios en blanco»

NINO CABERO MORÁN / PINTOR Y DISEÑADOR GRÁFICO

Nino Cabero

Nino Cabero

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ANA GAITERO | LEÓN
León

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—¿Qué significa exponer en León después de 40 años desde que saliste de León a Barcelona?

—Una oportunidad de sacar a flote materiales desde los años 70 hasta ahora. Hay que reconocer que Luis García Martínez, el comisario, es muy inteligente al destacar personajes de la diáspora que no viven en León pero están vinculados y de alguna manera es una forma de llenar espacios en blanco. A veces pensamos que no hay gente haciendo cosas o sólo algunos reconocidos. Estamos dispersos y al pasar el tiempo hemos perdido la conexión para exponer. Esta exposición sirve para rescatar también parte de ese significado artístico y enmarcarla en la generación mía, del 54-56.

—El León que dejaste y el actual es muy distinto. ¿Cómo definiría la ciudad?

—El León que yo dejé era muy pesimista, de mentalidad bastante pobre. Costaba mucho a un artista salir adelante. Todo eran trabas. No daban espacio a los jóvenes y había que luchar muchísimo para intentar que te hicieran un hueco. Antes de irme a Barcelona conseguimos hacer una exposición de pintores jóvenes de León y desde entonces sé que les ha costado mucho implantarse y tener espacio. Fuera de León hay gente que se ha formado en vidrieras, audiovisual... y son pioneros. Gente que iniciaron el vídeo en Barcelona y son de León y no se les conoce, como Julián Álvarez.

—Julián Álvarez, también de Veguellina de Órbigo.

—Sí, también de Veguellina de Órbigo, mi pueblo.

—’El camino de la serpiente’, ¿es una exposición autobiográfica?

—Es una alegoría a la vida y está muy enraizada con los sentimientos de la vida, la muerte y de toda una serie de circunstancias personales. Para canalizar este mundo interior buscaba una simbología y vi que la serpiente es la que mejor lo representa. En todas las culturas la serpiente está asociada a la vida. Incluso en la religión católica que la trata de otra manera, en la Edad Media también hay simbología de continuidad y regeneración en el uróboros.

—¿Desde cuándo le acompaña la serpiente?

—Desde hace muchísimos años. Haciendo esta exposición, que decidí desde el principio titularla ‘El Camino de la Serpiente’, me di cuenta de que tenía muchas anteriores. Lo que expongo en León es específico para ahora. El nexo más llamativo es de los años 80 cuando fui a México y tuve una impresión muy fuerte con la cultura mesoamericana, tanto la náhuatl como la maya. La cultura náhuatl utiliza la serpiente emplumada antes de la conquista y los mayas tienen una serpiente de dos cabezas que la asocian a la creación de la tierra. En la cultura africana, en la Amazonía... La serpiente siempre está vinculada a la vida. A nivel cotidiano lo puede observar cualquiera: cada año cambia de piel y de ahí el mito de la serpiente como un continuo de vida.

—En la exposición hay varios guiños a otros artistas, como Duchamp, Da Vinci, La Odalisca de Ingres.

—Primero hay que situar a Duchamp como el pintor más vanguardista del siglo XX y la prueba está en que toda la cultura museística del siglo XXI parte de Duchamp: las instalaciones, el utilizar las tres dimensiones, salirse del marco del cuadro... Es totalmente duchampiana. Sus contemporáneos seguían enfrascados en los lienzos, pero ninguno se había salido del marco del cuadro y él sí. Nunca le dio importancia porque no se consideraba artista. Al final de su vida lo suyo era el ajedrez. Pasó de la pintura. Yo hice dos piezas con el mismo cinismo o ironía que hacía él con las cosas, como los ready made: él encontró el botellero y lo convirtió en una escultura y yo he hecho un Duchamp, para hacer una broma con él.

—También experimenta con los materiales, ¿Cómo es su proceso creativo?

— Es cierto que el día de la inauguración de la exposición hubo mucha gente que se interesó en esta técnica. Normalmente trabajo con frascos de un litro de acrílico, corto la boca, a veces hago un dibujo esquemático, otras no, y sobre el papel echo una cantidad suficiente de pintura y lo aplasto con una hoja del mismo tamaño. Si quiero otra textura lo hago con hojas más pequeñas.

—Otra pieza esencial de tu obra son los ‘Cuaderninos’, tus cuadernos de trabajo. ¿Ensayos o diario personal?

—Los Cuaderninos tienen varias vertientes. Una como bocetos previos aunque al final no cojo nada de ellos para hacer los cuadros. Me da pereza copiar y prefiero hacer otra cosa nueva. Así que al final los cuadernos se quedan como una cosa mía más íntima. Hay unos que son sólo de pintura y otros más en blanco y negro hechos con un tipo de rotulador muy fino en el que desarrollo muchas cosas que me vienen a la cabeza. A veces hago un poema y me sugiere un dibujo y viceversa. Se mezclan poesía y dibujo. A la hora de trabajar es más íntimo que la pintura para exponer. Los cuadernos son personales.

—Parece que la palabra es importante en su obra.

—Sí, tan importante que los títulos de los cuadros a veces son muy largos y a veces muy poéticos. Quiero completar la imagen con la palabra siempre. Hay cuadros de etapas anteriores que la palabra estaba mezclada, como los cuaderninos, les ponía frases. A veces por debajo de la pintura. Es como la retención en el tiempo de una serie de cosas. Como hago con los cuaderninos cuando cojo un ticket de un autobús del año 70 en Mallorca. Representa la estaticidad del momento y a la vez rememora que estuve allí, en una terraza en Irán... Es, como dijo mi amigo Emili Olcina, un animismo del objeto. Tienen un valor porque lo ha tocado una persona o pertenecía a alguien especial. Muchas veces lo hice con cosas que pertenecieron a mi abuelo.

—Una imagen vale más que mil palabras...

—No, no...

—Y eso que es fotógrafo.

—Fotógrafo, diseñador gráfico, ilustrador... Siempre he mezclado la poesía, el dibujo, la pintura, la fotografía. Todo lo he incorporado. Al final te das cuenta que todo está interrelacionado.

—Incluso los orígenes, lo más local, con lo universal. Usted que ha viajado tanto. ¿Ve conexiones con sus raíces en Veguellina?

—Sí, al final el ser humano es parecido en todas partes. Desde los que van con pantalones a los que van

semidesnudos. Hay una parte de la cosmogonía, de la observación del cielo, de los cambios del clima, estaciones... Al final no dejamos de ser más que un animal más. Decimos que somos más inteligentes que el resto, habría que verlo. Pero desde luego somos un animal más.

—Enfrentados a otros animales... Me refiero al momento que vivimos de convulsión entre culturas.

—En esta exposición precisamente toco a nivel simbológico la serpiente, por un lado, y por otro el caballo. Ese caballo está hablando de la cultura occidental actual. El dóberman muerde a la serpiente, que representa a la vida, y el caballo está en su lecho de muerte. Es como una síntesis del poder destructivo a través del perro que simbolizaría el sistema más rabioso del capitalismo y de la gente que sólo piensa en acumular y no le importa nada destruir, ya sea un bosque para plantar soja en la Amazonía (me da mucha pena que sean precisamente empresas europeas las que lo hacen). El perro representa la agresividad del sistema o del poder porque intenta matar a la serpiente, pero como ésta es como el ave fénix... Afortunadamente a lo largo de la historia el ser humano siempre intenta defenderse de ese poder opresivo.

—¿Y el caballo?

—Desde el principio de la humanidad aportó la fantasía y la capacidad de moverse a sitios más lejanos porque podía desplazarse mucho más. En mi infancia seguía teniendo un valor no sólo para desplazarse sino para ayudar en la agricultura. Con el motor y la mecanización, el caballo pasa a ser un juguete de lujo para la hípica o jugar al Polo. Como una mascota, no como lo que fue.

—Cuando fue a Barcelona, también tenía inquietudes políticas. ¿Cómo contempla el momento actual?

—Cuando fui a Barcelona iba con el cometido de hacer Bellas Artes, pero nunca acabé. Luego me decanté por el diseño gráfico y creo que soy de los primeros que tiene una titulación porque entonces no existía la carrera. En Barcelona estaba la escuela Massana, que era lo máximo. Venía gente de Japón, de Portugal, de Madrid... Era un centro innovador y coincide con ese período de la transición española y con las olimpiadas, que supuso un gran salto para el diseño. Se volcaron todas las instituciones para hacer de Barcelona un punto de referencia y le dio  un impulso nuevo. Las olimpiadas cumplen la función que en su tiempo tuvo el modernismo con muchos oficios (forja, vidriera...). Ahora estamos en regresión y la ciudad se ha convertido en una especie de mercadería de turismo, gente que se baja de los cruceros y arrasa las ramblas sin conocer nada. En diseño gráfico le ganan la partida otros sitios, como Madrid.

—¿Y en lo político?

—La Barcelona que yo vi al llegar era la del franquismo. Las organizaciones no estaban legalizadas y

Comisiones Obreras todavía era un movimiento obrero. Luego el PCE lo convirtió en un sindicato y era su correa de transmisión. El movimiento político que yo viví estaba formado por troskistas, gente de la Liga Comunista Revolucionaria, del Partido del Trabajo, maoístas, Bandera Roja, de tendencia de Rosa Luxemburgo. Había muchos grupos en ese movimiento que era Comisiones Obreras. Los partidos a medida que se iban legalizando querían tener su propio sindicato. Ese período, yo estuve sobre todo en Comisiones, me consumió mucho tiempo aunque nunca dejé de seguir pintando, seguir con mis cuadernos. De hecho tengo muchos cuadernos antiguos. Aquí sólo traje tres o cuatro para demostrar que no salí de una mata.

—¿Desde cuándo escribe?

—De pequeño, con unos 13 años, había una Hispano Olivetti en mi casa y la utilizaba mucho para hacer poesía. La aporreaba bien aporreada a la pobre. Iba al diccionario, cogía una palabra al azar y a partir de ella hacía un poema automático porque me gustaba el rollo de André Bretón con el surrealismo o el dadaísmo. Veía que los surrealistas partían de no poner normas de escritura, sino lo que te pase por la cabeza y hacía muchos poemas, algunos con forma de dibujo. Si quería dar una sensación de lentitud ponía las letras renglón a renglón y cosas así.

—¿Cómo vive el independentismo en Cataluña alguien que está arraigado pero no es catalán como usted?

—El independentismo presenta una forma entre desquiciada y surrealista. Entre los que no lo somos, que somos muchos, hay mucha gente que no se manifiesta. Yo soy muy guerrero y no me callo. En estos momentos el independentismo casi está institucionalizado. Todos los poderes de Convergencia y demás que manejan los medios de comunicación en catalán son la voz de su amo, como ocurre con Televisión Española. Todo esta inducido y al final siempre sale la cuestión nacional. Esto lleva a que en los trabajos se creen bandos. De momento no llegan a grandes enfrentamientos pero a veces resulta desagradable que uno ponga en su pared la bandera estelada, cuando es un sitio de trabajo. A los amigos nacionalistas les digo que no sé qué pretenden hacer. Primero porque les están vendiendo una película que no es real. Son el 46% pero de los que han votado, puesto que hay miles de personas que no han votado. Lo de la representación es una parodia, no tienen mayoría ni remota, pero distorsiona la vida cotidiana y crea más tensiones.

—¿Cuáles son los recuerdos más fuertes de la infancia en Veguellina?

—La infancia la asocio a la nieve y a los bueyes, que iban con los carros a la azucarera de Veguellina de Órbigo. España no era un país tan desarrollado como el resto de Europa y la carga de remolacha la llevaban los señores en carros tirados por bueyes. La cola era inmensa. Llegaba desde la estación de tren de Veguellina hasta Hospital de Órbigo. Lo recuerdo muchísimo. Los mugidos, el vapor que echaban de estar allí. Los excrementos sobre la calzada de adoquines. También recuerdo mucho los pastores que venían de Extremadura. Pasaban cerca de mi casa y yo hablaba siempre con ellos. Se ponían al sol y hacían verdaderas obras de arte con la navaja. Cuando vine a vivir a León me temo que mis padres tiraron todos los objetos tallados por ellos y no conservo ninguno. Otra cosa que también me gustaba de Veguellina es el paso de las aves, pasaban muchas garzas blancas y todos los prados alrededor de mi casa se llenaban de aves blancas buscando lombrices.

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