Territorio radical
La bomba islamista de El Raval
El barrio muestra la cara marginal de los 500.000 musulmanes y 80 mezquitas salafistas de Cataluña. Centros de culto en los que se defiende una interpretación radical del islam y los modos de vida de la época de Mahoma.

Un hombre corre durante una protesta en el barrio barcelonés de El Raval. ANDREU DALMAU
Davis S. Alabarri | Barcelona
En Cataluña viven 500.000 de los cerca de dos millones de musulmanes que residen en España. Es decir, uno de cada cuatro. Un porcentaje que se encuentra muy por encima respecto al peso demográfico general de esta comunidad autónoma (16%) en el conjunto del país. La influencia de este colectivo también se aprecia en el importante número de mezquitas que se reparten por la geografía catalana —un total de 354— y en los 48.000 niños de padres musulmanes que están escolarizados, según los datos de la Unión de Comunidades Islámicas de Cataluña.
Para muchos sociólogos y especialistas en yihadismo, estos simples datos —unidos a que prácticamente el 40% de los condenados por actividades vinculadas al terrorismo islámico residían en esta comunidad—señalaban ya a Cataluña como el territorio que más probabilidades tenía de que se produjeran casos de radicalización. Probabilidades a las que se suma el hecho de que en este territorio están ubicadas 80 de las 200 mezquitas salafistas que hay identificadas en España. En otras palabras, centros de culto en los que se defiende una interpretación radical del islam y el regreso a los modos de vida de la época de Mahoma: una corriente que no hace más que crecer en los últimos años. «No cabe duda de que Cataluña es, junto a Madrid, Ceuta y Melilla, una de las zonas ‘más calientes’ por el número de mezquitas salafistas y por la propia demografía. Pero también sabíamos que Barcelona era un objetivo apetecible para los terroristas», reconoce Valentín Anadón, portavoz del sindicato Fepol, que representa al 80% de los Mossos d’Esquadra. Los peores vaticinios se cumplieron el jueves, con los atentados de Barcelona y Cambrils que han provocado catorce muertos y un centenar de heridos. Como era de esperar, las miradas se han dirigido hacia esta comunidad. Y, en concreto, a las zonas urbanas en las que se concentran sus colectivos. El criminólogo David Garrigas, presidente de la Comunidad de Inteligencia y Seguridad Global (Ciseg), habla abiertamente de «guetos, por mucho que las instituciones se nieguen a reconocerlo». Y señala diferentes puntos de la localidad de Salt, en Gerona, algunos de Tarragona y, sobre todo, el barrio de El Raval, en el corazón de Barcelona.
El Raval es un barrio multicultural en el que residen 48.000 personas. La mitad de ellas son extranjeras y un importante porcentaje son creyentes musulmanes, según datos de la asociación solidaria Braval.
Mezquitas
Sólo en esta zona hay por lo menos seis mezquitas. Las más antigua de ellas, con más de 40 años de historia en Barcelona, se ubica en la calle San Rafael. Se llama Tariq Bin Ziyad. Las fuerzas de seguridad consideran que se trata de uno de los centros de culto en los que se recurre a imanes que defienden un discurso radical. Sus responsables no quieren saber nada de periodistas. Pero Nabil Zahi, un argelino de 43 años que acaba de salir de rezar, tiene ganas de hablar. Está muy enfadado. «Yo estuve en las Ramblas ayudando a los heridos. Las víctimas podríamos haber sido yo, mi mujer y mis cuatro hijos. El islam no dice nada de asesinar. ¿Que en esta mezquita somos radicales? Aquí han entrado tres veces y no han encontrado nada. Nos tienen absolutamente controlados. Saben quiénes somos, dónde trabajamos y hasta lo que comemos», protesta. «Si aquí detectasen algún yihadista lo matarían dentro», interrumpe Omar, un jordano de 51 años.
Expertos policiales consideran el salafismo como el paso previo o como una especie de justificación ideológica de la violencia. Pero lo cierto es que ninguno de los últimos detenidos por las fuerzas de seguridad se había radicalizado directamente en un centro de estas características.
Rachid el Younoussi, secretario de la asociación Darna, considera que el fondo del problema de la radicalización islamista tiene una importante vertiente social. «Son víctimas sociales con ganas de venganza», detalla. «Inmigrantes de primera o segunda generación que se han visto marginados, con problemas económicos o familiares, y que se ven atrapados en guetos», insiste. David Garrigas comparte este análisis. «Estamos viendo muchos casos de jóvenes con pocos recursos, que no tenían una arraigada creencia religiosa antes de radicalizarse. Chicos que han visto en estos atentados una forma de conseguir el protagonismo que no tienen en sus vidas», advierte.