OPINIÓN Antonio Pérez Henares
Mejor sin venda
Si de algo hay que alegrarnos por lo que está pasando con Marruecos es porque de una vez y por todas se está derrumbando todo el andamiaje de palabras hueras y tópicos raídos sobre nuestras «amistosas» relaciones. Con lo que está cayéndonos es de esperar que ya no tenga nuestro rey que andar llamando «hermano» a Mohamed VI ni nuestro Gobierno proclamando que nos hemos querido siempre con locura y que todo son mieles en el trato. El Reino de Marruecos lleva años abofeteándonos de manera sistemática y nosotros haciendo como que son caricias. Está reciente el asunto de la pesca y todavía más su intento de colocar en perjuicio claro de los españoles y con trato preferencial a los suyos (y eso que somos parte de la UE y ellos no) sus frutas y hortalizas. Unamos a eso la protección, amparo y cobijo a las redes mafiosas de emigración y narcotráfico y la retirada unilateral del embajador que ahora ha sido completado por la ocupación militar de Perejil y tenemos el retrato de como se las gasta el presunto amigo. Por lo menos ahora ya lo tenemos claro y será de esperar que incluso en el PSOE entenderán que no estamos ante un asunto baladí sino uno de Estado y se guardarán ya de fintas ridículas y hasta desleales. No espero que Felipe González, máximo valedor de Mohamed VI al que aclamó como democratizador máximo del magreb, caiga del burro pero al menos se mantendrá callado. Porque, aún entendiendo que Marruecos también tiene razones, ya es hora de hacer valer las nuestras,y que cuando por la fuerza se nos quieren imponer las ajenas, es momento de recurrir nosotros a la firmeza y al respuesta contundente. Que no quiere decir que sea militar. Porque no debe hacer falta. Ha de sobrar con la posible respuesta económica que la UE y España han de dar. Vale con ser firmes y apretar las clavijas donde duele. Eso sin olvidar en qué fecha estamos y los millones de personas que pueden verse afectados, tanto transeúntes como residentes, si las relaciones bilaterales llegaran a un punto de máxima tensión. O se para en seco su escalada o, suponiéndonos débiles, se nos comen por los pies. Así de simple. Y de paso, poder decir que el régimen de aquel país es el de una satrapía llena de lujo bárbaro para su rey y de miseria para su pueblo cuyo mejor reflejo ha sido esa boda donde a la novia ni se le podía ver la cara. Una caricatura de democracia y una continuidad del sangriento régimen del astuto Hassan II, a quien a cambio de apoyar los intereses de EE. UU. se permitió la vulneración los derechos humanos. Ya está bien. Los culpables máximos del atraso, la miseria y la hambruna marroquí son sus líderes anclados en el feudalismo religioso y un sistema político y social degradante y vejatorio para la dignidad humana tal y como la concibe la declaración universal de los derechos humanos. El enemigo exterior, o sea nosotros, es siempre la última bandera detrás de la que se parapetan los canallas que engordan con las penalidades de sus súbditos y gobernados.