Diario de León

«El bombardeo de las dos cadenas árabes de televisión no puede ser un error» Reporteros Sin Fronteras

Incertidumbre en el frente norte

Un grupo de kurdos celebra en Sulaimaniya la toma de Bagdad por las tropas anglonorteamericanas

Un grupo de kurdos celebra en Sulaimaniya la toma de Bagdad por las tropas anglonorteamericanas

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Tiros. Ráfagas continuas hasta agotar el cargador del kalashnikov. La mañana de Arbil se llena de fuego. Por una vez, las balas sólo apuntan al cielo, son disparos de celebración. El júbilo se desata en la capital del Kurdistán. Bagdad ha caído y Sadam, dicen, es historia. «Hoy es un día grande, es nuestro propio día de la independencia», asegura Ahmed mientras aprieta la bocina de su coche en las atestadas calles del bazar. La gente canta y baila. Un niño kurdo de dientes manchados se acerca y grita en inglés: «¡Qué le jodan a Sadam!». Han empezado temprano, cuando las noticias sobre lo que pasaba en Bagdad eran aún confusas. Se han dado cuenta enseguida, en cuanto han visto los pillajes y el caos de las calles por la televisión. Es como si tuvieran un sexto sentido para eso. Los kurdos, gaseados por Sadam en Halabja y masacrados tras la guerra del Golfo, se ven libres de su peor enemigo. La fiesta ha comenzado despacio, con algunos coches apretando el claxon y enseguida se ha convertido en un jolgorio masivo que sigue al cierre de esta crónica. En la celebración podemos ver juntos a los partidarios del PDK y de la UPK, que hasta hace sólo unos años se mataban entre ellos. Muchos llevan pancartas de agradecimiento a Estados Unidos, a Bush y a Blair. Hay aplausos al paso de un convoy de boinas verdes. Una niña vestida con el traje típico se acerca a las cámaras empujada por su padre. Trae una foto de Sadam Huseín. La rompe en pedazos mientras el hombre nombra al líder iraquí y se pasa el dedo índice de un lado al otro del cuello. «Kaput», dice. Mientras tanto, los últimos rumores sitúan a Sadam en Tikrit, su ciudad natal, donde se habría atrincherado con sus seguidores más fieles. Allí posee una extensa red de refugios que la aviación norteamericana está empezando a machacar. La guerra se traslada así al norte de Bagdad, donde está estacionada la mitad del Ejército iraquí. Son unos 120.000 hombres que a pesar de haber estado sometidos a intensos bombardeos aún no han entrado masivamente en combate. Entre ellos hay algunas divisiones de la Guardia Republicana. Es la guerra que aún queda, la del control de Tikrit, Mosul y Kirkuk. Estados Unidos confía en que la caída de Bagdad acelere el colapso del régimen en todas las ciudades pero eso no está tan claro. Mientras, los peshmergas, los guerrilleros kurdos, avanzan poco a poco y ayer tomaron Maglum, un monte estratégico a unos 15 kilómetros de Mosul. Desde lo alto se puede ver la ciudad. Ibrahim es el jefe del grupo que controla ahora Maglum. Dice que sus hombres están preparados para entrar en Mosul, pero que tienen orden de no hacerlo. Señala a su tropa. Son unos doce peshmergas tumbados en un suelo lleno de margaritas. Hay más distribuidos por todo el monte. No ofrecen una estampa muy guerrera. Vigilando a los kurdos Detrás de ellos, circulando por el último pueblo tomado, los todoterrenos de las «ovejas negras», las fuerzas especiales estadounidenses. Están aquí para asegurarse de que los peshmergas no avanzan más allá de donde tienen permitido. El problema es que Turquía ha prometido que si los kurdos toman Kirkuk y Mosul, entrarán en el Kurdistán a degüello. Desde aquí, además, siguen controlando unos bombardeos que, según los propios peshmergas, mataron a 50 iraquíes en los dos últimos pueblos conquistados. En el penúltimo, nos encontramos el agujero que han dejado las bombas norteamericanas en el techo de lo que parece una escuela. Hay cristales rotos y libros tirados por todas partes. Entre ellos uno que recoge los discursos de Sadam Huseín tras la guerra contra Irán. En el pueblo sólo quedan algunos pollos que comen lo que les queda de pienso en torno a un retrato destrozado del líder iraquí.

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