OPINIÓN Enrique Vázquez
El fondo de la cuestión
Estados Unidos nunca tuvo la intención de extender la guerra a Siria, según la versión más aceptada en los medios competentes y, como máximo, consideraron bombardeos en su frontera con Irak a modo de advertencia. Bush rechazó la sugerencia, pero aceptó poner en marcha una concertada campaña de amenazas verbales (él mismo, su portavoz Fleischer y los secretarios de Defensa y Estado) por completo inusual tratándose de un país con el que se mantienen relaciones diplomáticas (no es Irán, ni Irak, ni Corea del Norte), con el que hay canales disponibles y con cuyos dirigentes se han entrevistado los presidentes norteamericanos (por lo común en el formato de una reunión en Ginebra) salvo George Bush... ¿Por qué, pues, la presión sin precedentes sobre Siria? Es sencillo: porque es el único país fronterizo con Israel que rehúsa capitular ante el dúo israelo-norteamericano y no es un Estado-cliente de Washington. Egipto, Jordania y Arabia Saudí sí lo son, los dos primeros reconocieron a Israel y Damasco es el único bastión por conquistar, político, diplomático y, eventualmente militar (tiene unas fuerzas armadas no desdeñables y un control político y un peso militar en Líbano). Este estatus es literalmente incompatible con los grandes planes norteamericanos de reordenación general del Oriente Medio, lo que púdicamente llama Colin Powell «el nuevo entorno» (...) en el que «Siria debe reflexionar sobre lo que le conviene» (...). En Damasco responden que lo que le conviene es recuperar el Golán ocupado por Israel en 1967 y que el Estado judío se anexionó formalmente. Bastaría una garantía explícita de Estados Unidos de que Israel lo restituirá íntegramente para que el tono fuera otro en Damasco. En este contexto, ha sentado mal en Washington que el general Sharon diera el martes a Bush, a través del diario israelí Yediot Aharonot, la lista de presiones que debe administrar al testarudo régimen sirio. Todo en vísperas de que se ponga (supuestamente) en marcha la esperada «hoja de ruta» que debe llevar a un Estado palestino digno de ese nombre. En Damasco son discretamente pesimistas: sospechan, por ejemplo, que contra las promesas de publicarlo «como está» (Powell en Bruselas hace dos semanas), el enviado de Sharon en Washington, Dov Weisglass, director de su gabinete, ha conseguido ya innovaciones de fondo a cuenta de las quince «observaciones» que presentan los israelíes al documento.