Casi todo lo que se conserva se debe al mecenazgo de particulares
El cuidado y mantenimiento de las piezas que albergan las iglesias rurales queda casi siempre al precario cuidado del párroco de turno, que, en ocasiones tiene que atender y administrar una veintena de templos con su correspondiente contenido. Sólo en casos excepcionales el obispado opta por trasladar algunas otras a sus propios museos tanto por su seguridad como por trabajos temporales de conservación o mantenimiento. En general se procura que las obras de arte, sea cual sea su valor, se mantengan en sus iglesias de origen «porque forman parte del patrimonio cultural de los pueblos y porque la gente lo quiere así». De hecho, si muchos de los retablos, imágenes y orfebrería se conservan aún en los rincones más despoblados y escondidos de la provincia se debe exclusivamente al interés de sus últimos habitantes, que siguen aportando medios para su corservación. El mecenazgo, según Rascón, representa hoy para este fin una fuente de financiación más importante que las propias subvenciones oficiales, aunque desde el obispado se procura encaminarlo de la forma más racional posible: «hasta no hace mucho proliferaban donaciones para entregar una imagen de escayola de tal o cual santo en el pueblo por la devoción que fuera, mientras que ahora procuramos que ese dinero se haga derivar para restaurar antiguas imágenes, muchas de ellas centenarias, y la gente lo acepta gustosSamente».