Diario de León

Triste adiós a los que no regresaron

Los Reyes y el Príncipe Felipe presidieron los funerales de los agentes españoles asesinados en Irak, a quienes don Juan Carlos impuso la Cruz de la Orden del Mérito Civil

Publicado por
C. Calvar - madrid
León

Creado:

Actualizado:

La sede del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) se convirtió ayer en un improvisado templo para despedir, en una ceremonia de marcado carácter civil y contenida emoción, a los siete agentes secretos asesinados en una emboscada en Irak. Los Reyes y el Príncipe de Asturias, que asistieron a los funerales, no pudieron ocultar su emoción por la pérdida; el dolor y congoja quedó patente también en los rostros de los familiares, en sus amigos y compañeros. Don Juan Carlos y Doña Sofía quisieron aliviar esa tristeza y les dedicaron unos minutos de consuelo a los allegados, que llenaron la carpa de cristal instalada en el patio de la central de los servicios de inteligencia. El vicario general castrense, Daniel Ponte Rodríguez, ofició las exequias fúnebres y recordó que los fallecidos, «víctimas del terrorismo», dieron su vida «en una misión de paz y de ayuda a los demás». La comitiva fúnebre, encabezada por los coches con los cuerpos de Alberto Martínez González, José Merino Olivera, José Carlos Rodríguez Pérez, José Lucas Egea, Alfonso Vega Calvo, Luis Ignacio Zanón Tarazona y Carlos Baró Ollero, llegó a la sede del CNI desde el Hospital Central de la Defensa, donde fueron despedidos con aplausos. Despedida solemne Minutos antes del mediodía, hora fijada para el comienzo del oficio religioso, más de mil personas entre familiares, autoridades y compañeros -el acto no fue abierto al público- llenaban la carpa transparente, que fue habilitada el día anterior junto al edificio de Personal de «La Casa». Allí, siete túmulos cubiertos de terciopelo rojo aguardaban a los féretros y enfriaban aún más el ambiente en una mañana en la que el sol apenas calentó. Junto a ellos, tres coronas de flores enviadas por los Reyes, el Príncipe Don Felipe y el Ministro de Defensa adornaron la gran nave, teñida de luto y del verde de los uniformes castrenses. Las flores blancas y la música dieron aún más solemnidad a la despedida, a la que también asistió el Gobierno con su presidente, José María Aznar, a la cabeza; la cúpula militar y los presidentes de las más altas instituciones del Estado: Congreso de los Diputados, Senado y Consejo General del Poder Judicial, junto a presidentes autonómicos y principales líderes políticos. A su llegada al CNI, los Reyes y el Príncipe fueron recibidos por Aznar, Federico Trillo y el jefe de los servicios secretos, Jorge Dezcallar, con quien el monarca se fundió en un emotivo abrazo apenas bajó del coche. Después, dieron el pésame, saludaron, besaron y abrazaron uno a uno a los padres, hijos, viudas, hermanos y compañeros de los siete agentes asesinados. Rostros desencajados Sus rostros desencajados por el dolor y por los sollozos recibieron minutos después los siete féretros, mientras el Requiem de Mozart rompía el gélido silencio. Cada uno de los ataúdes, cubiertos por la bandera de España, fue transportado a hombros por seis miembros del CNI. Tras la homilía, el himno nacional, que de nuevo cargó el ambiente de emotividad, dio paso a otro de los momentos más sobrecogedores de la ceremonia: la imposición a título póstumo a los siete agentes de la Cruz de la Orden del Mérito Civil, que concede Asuntos Exteriores. El Rey fue el encargado de depositar la citada condecoración encima de los féretros, tras inclinar la cabeza en señal de respeto y de admiración ante cada uno de ellos. Este breve acto solemne puso punto y final a los funerales. Sólo silencio quebrado por sollozos, que acompañó a los cuerpos hasta que abandonaron, de nuevo a bordo de siete coches fúnebres, la sede del CNI. La Reina Doña Sofía no pudo contener las lágrimas ante el llanto ajeno. Igual que ocurriera en el funeral por las víctimas del Yak-42, su dolor encarnó el sufrimiento de todo un país en la despedida a siete de sus servidores. Sus ojos, encendidos de lágrimas en un rostro encogido por la tristeza, fue el mejor testimonio para las viudas y para los huérfanos de que tras los homenajes y las declaraciones solemnes hay un sincero sentimiento de solidaridad con ellos. Detrás de don Juan Carlos y seguida del Príncipe, recorrió las filas donde estaban situados los familiares de los caídos en acto de servicio. | c.c.

tracking