La desagradable estancia a la que se ven sometidos los familiares de los enfermos fuera de León urge la cirugía cardíaca
Salvar el corazón, una odisea de infarto

Juan lleva quince días apañándoselas como puede. Se lava la ropa en el lavabo del pequeño baño que corresponde a la habitación donde está hospitalizada su madre, come en el restaurante universitario por algo menos de cuatro euros y, en ocasiones, ha tenido que dormir en el sofá de la sala de espera de la séptima planta del Hospital Clínico de Valladolid, especializada en cardiología. Allí fueron desviados el año pasado 195 de los 325 pacientes leoneses que tuvieron que ser intervenidos del corazón por primera vez, ante la inexistencia de una unidad de cirugía cardíaca en el Hospital de León. El resto fueron trasladados a Salamanca (98), Asturias (4), Madrid (18), Navarra (2) y Valdecilla (8), según los datos facilitados por la Consejería de Sanidad. La crítica situación en la que se ven los familiares de estos pacientes concita la solidaridad. Más que una sala de estar, este espacio de unos 15 metros cuadrados se ha convertido ya en el segundo hogar para muchos. No se conocían de nada, pero es muy común verles comer un bocadillo juntos, compartir una botella de agua -que por cierto tienen que pagar de su bolsillo hasta los pacientes- o animarse con chistes. Y es que aquí el que tiene más sentido del humor es quizá el que peor está. Por ejemplo, Argimiro Barrio Prieto, de Castrocalbón. Es lo que se dice la alegría de la huerta. Tiene 77 años y hace sólo unos días ha sido intervenido para sustituir dos válvulas de su corazón. Tiene el pecho grapado de arriba a abajo, pero ya camina tan fresco por el pasillo. No para de contar chistes. Es conocido por eso y por su afición a la apicultura; se muere por salir del hospital para reencontrarse con sus abejas. ¿Quién trabaja así? Pero este aparente ánimo no hace más que solapar un verdadero drama. Argimiro sólo tiene una hija que se pueda ocupar de él durante el ingreso. Ha tenido suerte y en su trabajo le han ido alargando los permisos durante un mes. Y cualquiera que haya pasado por eso sabe que tanto tiempo durmiendo a medias en una silla, comiendo por comer y sin un minuto para el desahogo acaba con el más duro. Los enfermos con patologías de corazón están divididos en dos alas de unas 30 habitaciones cada una. El desvío de los pacientes de otras provincias de la comunidad, principalmente de León, ha saturado sobremanera esta unidad. Y para muestra, un botón. En las habitaciones entran muy justas dos o tres camas. Se comenta que las que hoy son dobles hace un tiempo eran individuales y en las que ahora hay tres personas, antes sólo había dos. La falta de espacio y las necesidades del centro sanitario obligan a menudo a unir en una misma estancia a un recién operado con un paciente en consulta y un enfermo a la espera de entrar en quirófano. Uno de los casos más hirientes y lamentables -por otro lado, muy habituales- es el de un paciente de Soria que se encuentra totalmente solo. Su mujer está incapacitada para trasladarse hasta Valladolid para atenderle y su única hija tampoco puede hacerlo. O sí, pero tendría que renunciar a su trabajo (?). Este hombre fue ingresado antes de Navidad. Tuvo que esperar dos semanas hasta que los cirujanos le pudieron citar para la intervención. Ya a las puertas del quirófano, le han echado para atrás en dos ocasiones. La última, el día que se elaboró este reportaje. «Es una vergüenza, hablando mal y pronto», comenta el pariente de un enfermo. «Legalmente te tienen que tener 48 horas en reanimación -familiarmente todos hablan de la REA-, pero yo en 24 horas ya estaba fuera porque llegó un transplante; normal, claro», recuerda Argimiro. Del hospital se acaban de ir dos pacientes de Cacabelos. Pero el Bierzo sigue teniendo su representación. Se llama Araceli Álvarez y es de Vega de Espinareda. Fue hospitalizada en el Clínico el pasado jueves, pero se lamenta de que lleva «sin pisar» su casa más de un mes, puesto que fue ingresada previamente en Ponferrada después de dar un buen susto a sus hijas. Allí esperó quince días hasta que quedó una cama libre en Valladolid. Una de las hijas se va, pero coge el relevo una segunda durante los tres días siguientes. «Salí a las siete de Ponferrada y he llegado a las doce menos veinte. Es desesperante. Pedí permiso en el trabajo, pero vivimos siempre con la incertidumbre porque nunca sabes lo que hay que esperar», comenta una de las hijas de esta sonriente mujer. Maletas y duchas solidarias El trato entre las familias llega a ser tan cercano que no es nada extraño que unos guarden la maleta en casa de los parientes de otros o que se presten la ducha de la pensión, porque vivir permanentemente en un hotel no está al alcance de todos. El más barato del entorno del hospital cuesta 24 euros la noche. El problema de la ropa en estos casos es fundamental. Cuando el paciente está en los días previos a la operación, aún se puede dejar en la habitación. Pero cuando entra en quirófano, pierde la estancia y el familiar se ve obligado a retirar todos los objetos personales tanto del enfermo como los suyos, al menos por los dos días siguientes a la operación. Este plazo es el tiempo que el intervenido pasará en reanimación hasta que sea devuelto otra vez a planta. En este proceso se encontraban durante la entrevista Marisol y su esposo, hijo y nuera de un vecino de La Robla al que acaban de operar. Minero jubilado, sus problemas respiratorios le provocaron una crisis 24 horas después de la intervención y su estado era en ese momento crítico. A esa tensión, la pareja debe sumar las molestias de vivir en un hospital mañana y tarde o de usar el maletero del coche como armario, por poner dos ejemplos. Agua privada para el paciente «¿Somos de otra Junta? Yo creo que no, que somos todos de Castilla y León. Y si es así, ¿por qué en el Hospital de León el enfermo tiene una botella de agua siempre gratis y aquí nos la tenemos que pagar?», se pregunta Marisol. «Si por la luz de Dios tenemos que estar aquí cuatro meses no lo haces con dos millones de pesetas», responde Argimiro con un notable grado de razón. Sus quejas, las de todos ellos, sólo van dirigidas al sistema, porque del trato hablan maravillas. «Los médicos y todo el personal son magníficos, de lo mejor que hay en España, eso dicen por aquí». Ese es un comentario común entre todos los entrevistados. «Buena gente la de León», susurra asomado a la puerta el único paciente de Valladolid.