Diario de León
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Manu Leguineche - madrid
León

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El demócrata texano Lyndon Johnson se presentó a las elecciones para el Senado de 1948 con pocas esperanzas de ganar. Tenía enfrente a un coriáceo adversario, dueño de una granja de cerdos. El futuro presidente estaba ya desesperado y derrotado en los sondeos cuando se le ocurrió una idea que creyó genial: «Diremos que mi rival mantiene relaciones carnales con sus animalitos». El zorro (y poco escrupuloso) Lyndon Johnson convocó a sus consejeros. El encargado de la comunicación no se lo podía creer: «Usted sabe que eso no es verdad. Se trata de una vileza. Juega sucio». «Lo sé, pero vamos a obligarle a que lo desmienta». Lyndon Johnson ganó por cien votos. Estas son costumbres reprobables, golpes bajos, pero que en el río revuelto de la democracia estadounidense (y no sólo en ella), se abren camino de una u otra forma. Las elecciones de ayer han alcanzado tal grado de paroxismo que antes de ir a las urnas la noticia era el temor al fraude y a la manipulación, al caos del 2000, cuando después de cinco semanas de embrollo en Florida no había aún presidente. ¿Está enferma la democracia norteamericana? Tocqueville confesó que en Estados Unidos había visto algo más que América: «He encontrado una imagen de la democracia misma». La división del partido de los ricos (los republicanos) y de los pobres (demócratas) ha pasado a la historia. Todos vienen a gastar lo mismo. Una democracia hipotecada por el dinero, por las fabulosas contribuciones a la campaña, (el romano do ut des , te doy para que me des) las compras de votos por Internet, el pago por registrarse por un partido o por otro... Casi la mitad de los estadounidenses no se fía del proceso electoral. ¿Estamos en Zimbabue, en una república bananera? No, en la cuna de la democracia y del Estado de Derecho -más bien del Derecho del Estado-, con un sistema electoral anacrónico y más de seis formas distintas de depositar el voto. Un sistema bajo sospecha, que tiene a los ciudadanos en vilo. Cada vez que hay dificultades o llega el caos, como en Florida, se habla de modificar la ley electoral, pero nadie le pone el cascabel al gato constitucional. El profesor Castells lo ha descrito así: «La elección, de la que depende la geopolítica mundial se decide en función de movilizaciones emocionales, maniobras mediáticas y manipulaciones burocráticas en remotos colegios electorales». Algo así no se veía desde 1876. Cuatro presidentes, in-cluido Bush, han llegado a la Casa Blanca a pesar de haber perdido en votos populares. EE.?UU. debe purificar el proceso, reformar la maquinaria de la democracia para que los ciudadanos confíen en ella. En estas elecciones se han visto toda clase de marrullerías, de tal modo que 20.000 abogados de los dos partidos y observadores internacionales (como en Haití o Bosnia) han vigilado el proceso. Mala señal.

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