| Análisis | El futuro del conflicto |

Desaparecen todas la excusas

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Enrique Clemente - redacción | madrid
León

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Mientras esté Arafat no hay nada que hacer. Esta fue la posición invariable de EE.?UU. e Israel durante los tres últimos años. Tanto Sharón como Bush decían que se negaban a negociar con el rais por varias razones: le conside-raban responsable del fracaso de las negociaciones de Camp David, de la segunda Intifada y de los ataques terroristas contra Israel. La misma persona que había sido interlocutor válido desde los acuerdos de Oslo de 1993 hasta Camp David, en el 2000, el ganador del Premio Nobel de la Paz, el presidente elegido democráticamente por los palestinos, pasaba a ser un paria irrelevante. Su viejo enemigo, el general Sharón, había triunfado en su estrategia de derruir y humillar al mito Arafat: le culpaba de no reprimir la violencia palestina, al tiempo que le dejaba con muy escasa capacidad de maniobra, encerrándole en la Mukata. La maquiavélica táctica de Sharón, apoyado a capa y espada desde Washington, impedía de hecho la aplicación de la llama Hoja de Ruta, un plan de paz internacional lanzado en diciembre del 2002 por el Cuarteto (UE, EE.?UU., Rusia y la ONU), que preveía la creación de un Estado palestino en el 2005. Una vez neutralizado Arafat ante la indiferencia internacio-nal, el primer ministro israelí no perdió el tiempo: aniquiló a los jefes de Hamás, desarrolló al máximo su política de asesinatos selectivos, construyó el muro de separación y aterrorizó a la población palestina. Los brutales ataques terroristas de Hamás, la Yihad Islámica y los Mártires de Al Aksa servían a una estrategia que aplazaba sine die la instauración del Estado palestino. Ahora, una vez desaparecido el problema (Arafat), debería llegar la solución tanto tiempo postergada. La pelota está en el alero de Israel y, sobre todo, de Estados Unidos, que tiene la llave maestra para la solución del contencioso. La muerte del líder palestino ha sido un golpe frontal a su posición, cómoda y cínica a la vez, que justificaba el manteniento de un statu quo inaceptable. Bush, Blair y Aznar, se hartaron de decir que la guerra de Irak supondría un impulso decisivo para la paz en la región. No ha sido así, el retroceso en el conflcito israelopalestino ha sido decepcionante y absoluto. Estamos ante una ocasión histórica. Israel y su fiel aliado no tienen excusas. Los palestinos deben aprovechar la oportunidad. Se les debe permitir para ello que elijan democráticamente a su sucesor. Si Sharon y Bush se negaran a aceptarlo como interlocutor y a retomar la Hoja de Ruta sería un escándalo internacional. ¿Volverá a surgir la perversa alianza de los terrroristas palestinos y los extremistas israelíes para cargarse de nuevo el proce-so de paz? ¿Echarán Israel y EE.?UU. de menos a Arafat, un político muy discutible, pero quizá el único capaz de haber hecho aceptar a su pueblo una solución draconiana?

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