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Un líder mundial
Su participación activa en la caída del régimen comunista y su diplomacia con jefes de Estado y de Gobierno han hecho a este Papa un elemento clave en la escena internacional

El Papa conversa con Castro en su visita a Cuba
La figura de Juan Pablo II no se limitó a la de líder espiritual. También influyó en la escena internacional y nadie le hurta un claro protagonismo en la revolución pacífica de Polonia. Karol Wojtyla es un Papa que ha hablado en la ONU, ha estrechado la mano de jefes de Estado y de Gobierno y se ha pronunciado sin complejos con motivo de las dos guerras del Golfo y de la contienda de Bosnia-Herzegovina. Condenó por igual el capitalismo y el comunismo, y consiguió lo que Estados Unidos, con sus muchos años de bloqueo, no logró: la liberación de presos políticos tras su viaje a Cuba. El papel desempeñado por Juan Pablo II en la desmembración de la Europa comunista del Este es una tarea que compete a los historiadores, pero es incuestionable el ascendiente del Pontífice en los cambios ocurridos en el bloque del Este y en su país, Polonia, que se tradujo en un apoyo sin ambages al sindicato Solidaridad. Su apasionada defensa de la paz le llevó a enfrentarse con Estados Unidos y sus aliados en las dos guerras del Golfo. En el fondo, la posición de la Santa Sede en ambos conflictos está ligada a la creencia de que mientras no se resuelva la contienda palestino-israelí, la paz en Oriente Próximo es una entelequia. No en vano, hasta 1994 el Vaticano e Israel no establecieron relaciones diplomáticas. Fidel Castro, Pinochet, Reagan, Walesa, Vaclav Havel, Gorbachov y otros engruesan una amplia nómina de gobernantes y líderes que se entrevistaron con el Papa y se aprovecharon, cada uno en la medida de sus posibilidades, de los viajes que el Papa hizo a sus respectivos países. Tanto Yuri Andropov como su sucesor en la secretaría general del PCUS, Konstatin Chernenko, expresaron su malestar al general y presidente polaco, Wojciech Jaruzelski, por el creciente predicamento de la Iglesia católica en Polonia y por el decreto que puso fin, en julio de 1983, a la ley marcial. «Pueblos olvidados» En su primer viaje a Polonia como Papa, en junio de 1979, ejerció un valor simbólico para las iglesias de la Europa Central y Oriental, «naciones y pueblos a menudo olvidados». En los días críticos de la revolución polaca, se llegó a decir que el Papa, que siempre se sintió un patriota, escribió al Kremlin amenazando con viajar a Varsovia si los soviéticos invadían el país. En 1983, Wojtyla volvió a Polonia, convirtiéndose en el primer jefe de Estado que visitó el país eslavo tras el levantamiento del estado de guerra. Después de vencer los recelos de Jaruzelski, el Papa se entrevistó discretamente con Lech Walesa, líder del sindicato Solidaridad, que a los pocos meses recibiría el premio Nobel de la Paz. Durante esos días desafió al régimen comunista abogando por la «solidaridad», en clara referencia al sindicato Solidarnosc, hecho que desbordó la furia de la URSS. Con la perestroika de Mijail Gorbachov, quedó sellado el acercamiento entre la URSS y la Santa Sede. Jaruzelski medió entre el Papa y Gorbachov. En junio de 1989 los seguidores de Walesa ganaron las elecciones y un consejero de éste, el intelectual católico Tadeusz Mazowiecki, fue nombrado primer ministro. Con ocasión de la visita que efectuó el máximo dirigente soviético a Italia, Gorbachov se entrevistó, el 1 de diciembre de 1989, acompañado de su esposa Raisa, con Juan Pablo II, una recepción histórica que salvó largos años de desencuentro. A los pocos meses, la Santa Sede y Moscú establecían relaciones diplomáticas. Cuando se derrumbó el régimen comunista de la URSS, el ex mandatario recibió un telegrama de apoyo del Papa. La corriente de simpatía surgida entre ambos quedó forjada con las palabras que Gorbachov escribiría en 1992 de Wojtyla: «Cuanto ha sucedido en el Este en estos últimos años hubiera sido imposible sin la presencia de este Papa y sin su importante papel -incluido el político- que desempeñó en estos momentos del mundo». Frustración Pero en la construcción de la nueva Europa Juan Pablo II debió de sentirse frustrado. Los países recién liberados del totalitarismo comunista recorrieron el camino de Occidente en su proceso de secularización y cayeron en saco roto los mensajes de Karol Wojtyla a favor de que Europa recobrase su identidad cristiana. El objetivo que ambicionan los países del Europa Central y Oriental es la integración en la Unión Europea. Algunos vuelven a mirar con nostalgia los días del comunismo y un desarrollo económico que encaja mal con el espíritu que hubiera querido Wojtyla. Una de las actuaciones más polémicas se concitó al saberse que la curia romana intercedió ante el Gobierno británico a favor de Augusto Pinochet cuando éste se encontraba detenido en Londres por los delitos de terrorismo, genocidio y torturas. El secretario de Estado, Ángelo Sodano, antiguo nuncio apostólico en Chile, fue el que personalmente intervino para que el general fuera juzgado en su país. A Juan Pablo II se le criticó que midiera con diferentes raseros las dictaduras marxistas, de un lado, y las militares de corte fascista, de otro. El nicaragüense Ernesto Cardenal, a la sazón ministro de Cultura, espetó al Papa: «Santidad, no seáis profeta sólo en vuestra patria, no nos prohibáis lo que vosotros mismo hacéis en Polonia». Y es que Wojtyla siempre condenó la Teología de la Liberación si encubría y aceptaba la tesis marxista de la lucha de clases. Pero Wojtyla empleó también su verbo lacerante tanto para arremeter tanto contra los militares golpistas de Iberoamérica. Una firme actitud y una una laboriosa tarea diplomática permitieron al «Pontífice viajero» seguir escribiendo en la historia, logrando, entre otros hitos, ser el primer Papa en visitar un lugar de culto judío, la sinagoga de Roma.