Un diálogo de cara a la galería
Ni Zapatero ni Rajoy quieren aparecer como responsables de la ruptura de un consenso político que resulta imposible y que en realidad ni siquiera desean
La reunión entre Zapatero y Rajoy era la crónica de un fracaso anunciado. Ambos sabían que en las actuales circunstancias de enfrentamiento total era imposible llegar a cualquier tipo de acuerdo en cuestiones de Estado. El presidente del Gobierno se sentía obligado a entrevistarse con el líder del principal partido de la oposición para inaugurar el curso político, sobre todo porque dos días después se iba a ver con Ibarretxe. Además, se había comprometido a mantener una relación fluida con Rajoy, algo que no hizo Aznar con él. Por su parte, el líder del PP no podía faltar a la cita, aunque el mismo domingo declaraba que iba a La Moncloa por «cortesía y civismo». Aún sabiendo que era imposible pactar con Zapatero, llevó una propuesta de acuerdos en cuatro temas básicos. En el fondo, ambos estaban pensando sólo en la opinión pública. En quedar bien y dejar mal al adversario. Falta de contenido Rajoy recogió el guante y tomó la iniciativa con su oferta. Pero Zapatero le respondió ayer mismo con otra «muy concreta» (según Fernández de la Vega), pero en realidad vaga y sin apenas contenido de establecer un «diálogo estable y permanente» sobre los asuntos de Estado. Tanto la propuesta de Rajoy como la contraoferta de Zapatero son meros artilugios para poner contra las cuerdas al contrario. Nadie podía pensar seriamente en que un presidente del Gobierno aliado con ERC e IU y que busca también el apoyo del PNV pudiera llegar a acuerdos con un líder de la oposición que apuesta por el enfrentamiento directo con cualquier nacionalismo. Más allá del previsible desencuentro, el resultado de la cita da idea de lo duro que se presenta al curso político. A Rajoy y Zapatero, que siempre mantuvieron buena relación, les queda la sonrisa y poco más. Lo que se avecina se parece mucho más al enfrentamiento a cara de perro que se vio en el debate de la nación que al consenso en políticas de Estado que ambos propugnan de cara a la galería. Lo más preocupante es que uno y otro parecen cómodos instalados en esa discrepancia radical. Zapatero está convencido de que la falta de acuerdos refuerza la imagen agresiva del PP y su aislamiento parlamentario. El presidente mantiene la idea de que será el PP el que se verá obligado a mover ficha para sumarse al consenso general sobre la reforma de los estatutos, que cree posible, e incluso al inicio del proceso de pacificación en Euskadi, en el que también confía. Rajoy apuesta sin embargo por el fracaso de Zapatero en el estatuto catalán. Está persuadido de que ERC y CiU impedirán que se apruebe una reforma a la baja. Calcula que ese fiasco provocaría un adelanto electoral en Cataluña, reflejaría la incapacidad de Zapatero para mantener gobiernos estables y dejaría clara su dependencia de los nacionalistas. Rajoy está convencido también de que ETA acabará arruinando cualquier intento de alcanzar la paz en Euskadi. Si así sucediera, culparía del fracaso a la imprudencia y la inexperiencia de Zapatero en materia antiterrorista y se ofrecería como único garante de la mano dura contra la banda. Con ese paisaje, el consenso parece imposible y sólo cabe esperar para comprobar cuál de los dos se equivoca.