Los últimos de Nueva Orleans
La mayoría de los ciudadanos ya han abandonado la urbe, mientras apenas un millar de los 10.000 que quedaban se esconden para evitar ser evacuados por los militares

Un hombre que rechazó abandonar la ciudad camina a través de una calle inundada
«Yo me quedo aquí, nadie me echará». Éstas eran las declaraciones que el pasado miércoles por la tarde realizaba para La Voz, James B, habitante de la zona alta de Nueva Orleans y, hasta la jor-nada de ayer, reticente a cualquier tipo de evacuación. Tanto él como sus vecinos se exhibían ante las autoridades sentados en los porches de sus casas, mientras aseguraban que plantarían cara a cualquiera que quisiera sacarlos de la ciudad por la fuerza. Sin embargo, cuando la periodista visita de nuevo la zona, apenas 24 horas después, todas las viviendas se encuentran deshabitadas. A pesar de la impresión inicial, fuentes policiales aseguran que no ha hecho falta recurrir a la violencia. La presión psicológica, llevada a cabo por centenares de militares que patrullan las calles, parece haber sido efectiva con el 90% de los resistentes. «Nosotros sólo les advertimos de que quedarse aquí es muy peligroso. Existen diferentes plagas que podrían causarles enfermedades como la cólera, o la hepatitis. Además, están los delincuentes, que también podrían robarles. Todo es por su bien», asegura un soldado en la zona residencial de Constante mientras ayuda a una joven rubia a subirse en el camión de evacuación. «La mayoría de ellos tienen miedo de ser llevados a los refugios, han oído cosas terribles de ahí, pero les aseguramos que les llevaremos a un sitio seguro», concluye para la prensa. Si las palabras no resultan suficientes existen otros métodos de persuasión, como dejar a la vista la pistola y el antibalas, y recordar que la policía de Nueva Orleans, único cuerpo que debe obedecer al alcalde, tienen autorización para disparar. Ciudad fantasma En otra zona de la ciudad, nadie desea ser el héroe de una guerra pérdida, y al cierre de esta edición ningún habitante había mostrado resistencia física con las fuerzas del orden. Para el escaso 10% que no sucumbe ante el discurso de evacuación, siempre queda la opción de mantenerse escondido en cualquier edificio abandonado mientras se espera a que cesen los controles policiales. «Nosotros nos escondemos en este almacén. Aquí no nos encontrará», relataba a Diario de León, el miércoles por la tarde dos jóvenes afroamericanos, mientras comunicaban por walky-talky su posición al resto de sus compañeros. Un día más tarde los «escondidos no han dejado ni un solo rastro de su presencia. Nueva Orlenas, convertida desde hace tiempo en ciudad fantasma, resulta todavía más tétrica con la ausencia de los pocos que todavía poblaban sus calles. Otro cambio sustancial es la incomodidad de tener que mostrar indentificación cada cincuenta metros. Lo que antes era un territorio sin ley parece haberse convertido en tan sólo unas horas en una base militar donde todo debe estar controlado, incluso los animales. Animales Por primera vez desde que la tormenta azotó el corazón de Lusiana, un cuerpo especial rescata, clasifica y trasporta a los perros abandonados. «Nosotros les desinfectamos y lavamos y luego cualquier puede venir a reclamarlos», comenta uno de los encargados del rescate canino. «Muchos seres humanos quisieran estar como van a estar estos perros», añade, como adivinando el pensamiento de esta corresponsal, que en ese momento piensa en los miles de refugiados, y en ella misma, tras varios días sin poder recibir una ducha.