De la ilusión a la pesadilla
La ciudad española de moda, sede de la Copa América de Vela, estaba preparada para recibir al Papa Benedicto XVI este fin de semana, pero se vio golpeada por la tragedia

Varias personas esperan impacientes noticias cerca del lugar de la tragedia
Valencia era ayer una ciudad abatida, golpeada por la tragedia, tomada por el dolor, en estado de choque. «Es uno de los días más tristes de la comunidad valenciana», aseguraba un apesadumbrado Francisco Camps desde la «zona cero» donde sucedió la tragedia. «Estamos todos muy conmocionados», decía la socialista Carmen Alborch, aspirante a la alcaldía. La ciudad española de moda, donde se está celebrando el Encuentro Mundial de las Familias y sede también de la Copa América de vela, estaba volcada en preparar la visita del Papa el próximo fin de semana. Pero ayer, de repente, el escenario cambió totalmente. La ilusionada espera de muchos valencianos, el escepticismo expectante de otra parte ante la cita histórica que supone el primer viaje a España de Benedicto XVI, se tornó en pesadilla. Numerosos edificios lucen la bandera vaticana, las calles y avenidas están decoradas con banderolas papales y carteles con la efigie del sumo pontífice. También se pueden ver en algunas ventanas los distintivos de la plataforma laica Jo no t'espere , crítica con la visita de Benedicto XVI. El blanco y amarillo se convirtió en el negro del luto que decretó la Generalitat durante tres días. Indignación La conmoción de los primeros momentos fue dando paso también a la indignación de algunos ciudadanos. Así, Ismael, un usuario diario de la línea siniestrada desde hace 15 años, denunciaba el lamentable estado de la misma. «Es una vergüenza, no hay mantenimiento, aquí sólo hay trenes viejos y muy viejos, se caen a pedazos, quienes usamos la línea nos hemos quejado a menudo», asegura visiblemente enfadado. «Un día u otro tenía que ocurrir, los trenes son viejos y el mantenimiento en trenes e instalaciones es casi nulo», afirma un joven que prefiere no dar su nombre. Pero, como siempre que sucede una tragedia de esta magnitud, los dramas humanos fueron espeluznantes. Numerosos familiares de personas que iban en el metro buscaron desesperadamente a los suyos durante horas. Beatriz se ponía cada vez más nerviosa al ver que pasaba el tiempo y su madre, una limpiadora de 70 años que todos los días se subía al metro en esa línea tras terminar su jornada laboral, no aparecía. Llamó al teléfono que facilitó la Generalitat, pero siempre comunicaba. En los cinco hospitales tampoco le dieron noticia. Acudió a la «zona cero» y nada. La última etapa de su dramático peregrinaje fue el Instituto de Medicina Legal. Ese periplo siniestro se repitió una y otra vez. La ciudad más controlada y segura del mundo gracias a un plan de seguridad puesto en marcha ante la llegada del Papa, en el que participan 4.400 policías nacionales, 1.400 agentes locales, 200 militares y 10.000 voluntarios, se vio golpeada por la tragedia de forma inesperada. La ciudad preparada para recibir a más un millón de peregrinos de todo el mundo se tuvo que enfrentar a una catástrofe, como la definió la alcaldesa, Rita Barberá.