OPINIÓN
La única paz posible
SABE Antonio Gamoneda que no hay culminación posible en cuanto forma parte de la aventura humana de cada cual. Tampoco en lo que concierne a la poesía. Por eso, en estos días en que se entromete en su calendario este revuelo de honores y reverencias, estoy seguro de que el poeta leonés sabe a ciencia cierta que nada se está ratificando por mucho ruido social que haya ante, cerca, sobre, encima de él. Y es que, en efecto, para Gamoneda no hay paz posible ni en su conciencia y su memoria -esos armarios llenos de sombra, como él los ha definido- ni siquiera en su escritura, que él nunca concibe más allá de una materia en suspensión que jamás alcanzará el estadio definitivo de la fijeza. Su continua labor de reescritura ya está hablando de una renuncia a la conformidad, a aceptar incluso ante sí mismo que alguna vez llegue sosiego mortal a su lenguaje, que sigue así bullente y lleno de la luz viva de lo provisional. Así que quienes conocemos al poeta a partir de su escritura comprenderemos con facilidad que el olor dulce de estos días de gloria poco van a poder con el combate primordial de este gran escritor con la memoria, con la tierra, con el cuerpo, con el lenguaje. He ahí, pues, los palos de esta baraja poética que se ha ido configurando con sigilo extremo -cada vez más atenuado, naturalmente- a través de los últimos sesenta años como una crónica de la dignidad que significó, y que significa todavía, estar en pie en un lugar donde sólo valía el silencio en vez de la verdad. Y donde la verdad era atravesada a la vez, como Rilke quería, por lo bello y por lo terrible. Regresará cuanto antes de los fastos Antonio Gamoneda a mirar a los adverbios a la cara, a arañar un poco más la pátina nunca tranquila de su escritura, a esperar pacientemente a la verdad obsesiva de los núcleos de su escritura, eso que a él le cuesta denominar «pensamiento poético». Hace no mucho tiempo el lingüista y académico José Antonio Pascual -alguien poco sospechoso de desviarse de los valores cardinales del lenguaje- confesaba que si había un escritor entre nosotros que trabajaba con ese estado natural de las palabras que algunos llaman «pureza», ése era Antonio Gamoneda, alquien que fue capaz de dejarse empapar por el silencio hasta que estalló con esa poderosa enunciación profética que ya forma parte de los grandes arranques de la poesía de todos los tiempos: «El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición». Y es que, en efecto, Antonio Gamoneda no se tranquilizará con actos de complacencia ni de brillo social o cultural porque, como ya dijera Miguel Torga, la única paz posible es no tener ninguna.