Diario de León
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León

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El mundo de los mercadillos de feria oferta envoltorios tan brillantes como los del honrado comercio convencional, aunque el contenido sea otra cosa. Las anécdotas no faltan. Es relativamente fácil vender un bolso de marca falsificado, unos vaqueros o una camiseta de verano con el cocodrilo Lacoste incluído, pero no tanto una colonia de superlujo. Para estos casos hasta hay probadores sofisticados en el rastro dominical, que primero ofertan una muestra del perfume (la buena) y luego te venden la falsa con una diferencia que suele oscilar de seis a setenta euros, como mínimo. Otro tanto pasa con las gafas de sol de diez a 150 euros), los sombreros (de cinco euros a 60) o los bolsos (hasta 600 euros). La bisutería como collares, brazaletes, pendientes, etcétera, ni siquiera tiene precio ni merece la pena ponérselo, según fuentes policiales. «Lo demás tiene una apariencia y un empaquetado casi perfecto, hasta el punto que se da el caso de personas que compran una colonia barata, creyendo que la marca es buena, y la guardan muchos meses en su casa antes de decidirse a usarla: sólo entonces se dan cuenta de que no es lo mismo que le habían dado a probar». Cuestión aparte son las prendas de vestir o los relojes, «porque todo el mundo sabe cuando acude a un tenderete que lo que le dan a cuatro pesetas y en una tienda vale mil es falso, pero a la gente le da igual. Hay relojes que costarían seis mil euros y que en el rastro te los dan por cincuenta o sesenta. No es lo mismo, aunque funcionen, y quien dice relojes dice bolígrafos o lo que sea».

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