Diario de León

| Reportaje | Cara y cruz de los trasplantes | JULIO ANTONIO GONZÁLEZ ROMERO | TRASPLANTADO DE RIÑÓN

«Me siento otra persona»

Carpintero de 58 años, este ponferradino valora la vida más que nunca tras afrontar con éxito un trasplante renal: «Me cayó una vida nueva. Ahor

Julio, que vive en Ponferrada desde 1962, posa en su moto pocas semanas después de recibir un riñón

Julio, que vive en Ponferrada desde 1962, posa en su moto pocas semanas después de recibir un riñón

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M. Romero - valladolid
León

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La lucha por la vida no siempre es fácil. Un desarreglo renal paralizó durante un tiempo la del ponferradino Julio González Romero, carpintero de 58 años que gracias a un anónimo hoy vuelve a ser un hombre sano e independiente. «Me siento otra persona», relata desde la cama del Hospital Clínico Universitario de Valladolid, donde permanece aislado desde que le trasplantaron un riñón. Le acompaña su mujer, Sofía. Llevan quince días en el centro hospitalario y el éxito de la intervención propicia un ambiente casi de euforia, pero no se pueden olvidar de los malos momentos. Julio aguantó doce años de tratamiento sin necesidad de recibir diálisis, estado que se rompió hace un año y medio, cuando empezaron a fallarle gravemente los dos riñones. «Acudía tres veces a la semana al hospital para recibir las sesiones y nunca tuve problema de nada», comenta vigoroso. Enseña sin pudor el drenaje como si se tratara de una herida de guerra y, entretanto, aventura lo que supone para él una vida sin ataduras a una máquina: «Ma cayó una vida nueva. Ahora tendré, sobre todo, libertad porque ya no tendré el límite de ir al hospital cada segundo día». Monumento al donante Entre sus planes, también está el pedir al alcalde de Ponferrada que promueva la instalación de un monumento a los donantes. «Es muy majo y si se lo piden, seguro que lo hace», espeta. Cuando se le habla del donante y de lo que opina de la difícil situación en la que se ve una familia a la que se le piden los órganos del fallecido, le cambia el semblante y la actitud. Se vuelve más pausado y pensativo. «Gracias. Gracias al donante y gracias a su familia. Me encantaría saber quiénes son pero aquí [por el hospital] no te dicen nada», puntualiza. «Cuando te encuentras en esta situación, esperando a que alguien te dé un órgano piensas, aunque sea triste, que sin ellos no hay trasplante». «Nunca se lo agradeceremos lo suficiente», dice Sofía con una máscara colocada en la cara para evitar posibles contagios a su marido recién operado. «He de pedir por su alma», admite Julio. Tuvo suerte. Llevaba en lista de espera desde el 25 de enero, muy poco tiempo si se tienen en cuenta otros casos más complejos. Seis meses después, un riñón llegaba al Hospital Clínico de Valladolid. Le telefonearon cuando se estaba preparando para viajar a Santiago de Compostela con motivo del bautizo de su nieta. «Llamé a mi hija y le dije: tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena es que me han llamado para un trasplante. Ya no pude seguir hablando. Todos se pusieron muy contentos». La pasada semana, Julio ya cogía el teléfono desde su casa en Ponferrada. «Me siento superior», decía con la voz totalmente recuperada.

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