Diario de León

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«Estamos destrozados»

Los tíos del agente fallecido resumen el dolor de la familia; los habitantes de Grulleros aún recuerdan la última visita de la víctima al pueblo «hace sólo dos fines de semana»

Aspecto que ofrecía ayer el Bar Jere, donde Raúl Centeno había estado hace apenas dos semanas

Aspecto que ofrecía ayer el Bar Jere, donde Raúl Centeno había estado hace apenas dos semanas

Publicado por
Miguel Ángel Zamora - grulleros
León

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A la hora del telediario, lo único que ondea a media asta en Grulleros es el cartel indicador de la entrada del pueblo, que como si quisiera sumarse al luto, se recuesta de medio lado sobre la tapia de la primera finca, justo donde una señal limita el tráfico a 40; no especifica si kilómetros por hora o vehículos al día. El sábado ha amanecido metido en niebla, así que tanto monta, monta tanto. La carretera saja el pueblo en dos mitades. Paralelo a la vertiente izquierda está el camino en obras a cuya vera se divisa humilde el chalet blanco de la familia Centeno. «¿Quién pregunta por ellos?». Habla la voz femenina del matrimonio, porque la masculina no puede hacerlo, se le adivinan incipientes las lágrimas en los ojos y espesa la garganta en el momento de bajarse de un vehículo familiar de tono celeste. «Acaban de decirme que están destrozados, no les moleste por favor» sugiere el vecino. Ver a un desconocido fotografiando las inmediaciones de la casa no es habitual «y aquí ya sabe que nos conocemos todos», pero el trámite sencillo de la identificación disipa las dudas. «Me parece que este que entraba ahora en casa es su tío Fidel. Los padres venían por aquí más a menudo y tienen más familia. Lo que pasa es que en este pueblo hay tres ramas de apellido Centeno y yo creo que no tienen nada que ver entre sí». Y el caminante prosigue con el trayecto. En los dos bares del centro del pueblo late el mismo pálpito. «El chaval era una maravilla. Un tío sano, amable, simpático y la verdad es que es una pena. Por aquí venían los veranos, y algún día suelto, como mucho». Cruzando la carretera, en el negocio de la competencia cambian los matices: «Estuvo aquí justamente hace quince días, y no pasaban más de dos o tres semanas sin que vinieran al pueblo. Los dos chavales ya nacieron en Madrid, pero el que venía más era el que ha muerto. Es una desgracia, sabíamos a lo que se dedicaba y que cualquier día podía pasar esto, pero no te lo imaginas nunca». Los vecinos hablan del tema; la familia no. Frente a la pequeña residencia en la que Raúl Centeno pasaba los fines de semana, otra tía del finado se limita a señalar con el dedo la localización de la casa doliente: «No hay nadie, se han ido todos». Y en décimas de segundo la puerta se cierra. La farmacia está cerrada, la iglesia callada y el pueblo desierto. Por no haber, ni agua en el canal. Sólo pesar, luto y algún despistado: «¿Qué han matado a quién? Pues no caigo yo ahora. Como no sea uno que tenía un hijo...» Las adivinanzas, mejor para otro día, hoy no es el caso. A media tarde aún no han llegado las cámaras. Todavía se puede jugar la partida del sábado en paz y las mesas están llenas. La semana que viene quedará una silla libre en la sala, que no en la memoria.

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