OPINIÓN
Bono: 25 años no son nada
HAN tenido que pasar veinticinco años para que Bono volviera a sentarse como diputado en el Congreso, y lo ha hecho por la puerta grande, convirtiéndose en su presidente y, en consecuencia, en la tercera autoridad del Estado. A nadie podría haber negado su alegría en el momento en que sus compañeros de partido han ovacionado su elección para dirigir la Cámara Baja en la novena legislatura. Pero él, malacostumbrado por las seis mayorías absolutas que consiguió en Castilla-La Mancha, habrá sentido cierto mal sabor de boca al haber tenido que esperar a una segunda vuelta para obtener la mayoría suficiente. Los nacionalistas, esos representantes de unas opciones políticas a los que ha dedicado en ocasiones algunos de sus dardos dialécticos, han sido los responsables de ese pero en su felicidad. Su elección, justo dos años después de que abandonara el Ministerio de Defensa, le obligará a dedicar menos tiempo a su familia, a la jardinería y a la lectura, dos de sus aficiones favoritas. Pero ninguna supera a su afición a la política, algo bien conocido por su círculo más íntimo y que no se imaginaba que pudiera estar mucho tiempo más viendo los toros desde la barrera. Se trata de un animal político que ha ido dejando huella allá por donde ha pasado desde que formara parte del PSP de Enrique Tierno Galván, y que ha coleccionado grandes amigos, incluidos obispos y destacados contrincantes políticos como Eduardo Zaplana y Alberto Ruiz-Gallardón, y notorios detractores incluso en las propias filas socialistas. Su personalidad no deja indiferente, sus declaraciones no defraudan a los periodistas, y nada indica que la Presidencia del Congreso vaya a convertirle en el manso que podían esperar dirigentes como el nacionalista Josu Erkoreka. Ahora, emulando a su personaje cervantino favorito, vela armas para andar con soltura por los vericuetos parlamentarios de esta legislatura.