Diario de León

Los trece pescadores llegaron a España esta madrugada tras pasar ocho horas en las Seychelles

Los tripulantes del «Playa de Bakio» sufrieron un trato «bastante vejatorio»

Los marineros aprovecharon para comprar ropa porque los piratas los dejaron con lo puesto

El patrón del atunero vasco apenas pudo articular palabra y rompió a llorar ante las cámaras

El patrón del atunero vasco apenas pudo articular palabra y rompió a llorar ante las cámaras

Publicado por
Iñigo Domínguez - victoria (seychelles)
León

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Los trece marinos españoles del Playa de Bakio tenía previsto llegar esta madrugada pasada en un avión militar a la base de Torrejón de Ardoz, después de un largo viaje de más de diez horas, con una escala en Egipto para repostar combustible. Éste será el final agotador del último día de su aventura, una jornada muy ajetreada que comenzó en cuanto pisaron tierra. El Playa de Bakio , escoltado por la fragata Méndez Núñez, tocó tierra a las 9.30 horas, las siete y media de la mañana en España. En cubierta apenas se veía a nadie y tras colocar la pasarela, los primeros en subir a bordo fueron los miembros del nuevo relevo, con sus maletas y mochilas, junto al inspector de la empresa Pevasa. Unos y otros se reconocieron al momento y allí surgieron los primeros abrazos. Entretanto aparecieron dos coches oficiales de los que se apearon el secretario general del Mar, Juan Carlos Martín Fragueiro, y el embajador español en Kenia, Nicolás Martín Cinto, ataviado con una gorra, que ha participado en las negociaciones de liberación de los rehenes. Ambos subieron a bordo y al cabo de unos minutos descendieron con el patrón del barco, el gallego Amadeo Álvarez, que en estos días se ha hecho conocido a través de su esposa, pues era una de las pocas personas que recibía llamadas del barco. Estaba prevista una pequeña rueda de prensa al pie del buque con los dos funcionarios españoles, pero era una incógnita si alguien de la tripulación iba a querer hablar con la prensa. Al final fue el patrón, que apenas logró articular palabra y rompió a llorar ante las cámaras. Fue la primera señal de la presión que habían vivido aquellos hombres. No habló más que dos minutos y denunció el trato «bastante vejatorio» sufrido.

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