CRÓNICA | MÁS ALLÁ DE LAS ESTADÍSTICAS
«Pero, ¿hay alguien que cobre por la dependencia?»
Marcelina Fernández, de Villahibiera, lleva veinte meses esperando cobrar la ayuda de 400 euros que le reconocieron como cuidadora de su marido, Rogelio Zapico
«La pregunta es: ¿Hay alguien que esté cobrando la ayuda de la ley de la dependencia? Porque mi madre la tiene reconocida desde junio de 2007, pero todavía estamos esperando», señala Rosana Zapico.
Su padre, Rogelio, de 80 años, está postrado en una silla de ruedas y sufre demencia senil. Su salud empezó a caer en picado hace once años a causa de un infarto y un tumor cerebral y es su esposa, Marcelina Gutiérrez, de 73 años, la cuidadora principal. Este matrimonio de Villahibiera fue una de las familias leonesas que recibió la llegada de la Ley de Atención a la Dependencia, aprobada el 14 de diciembre del 2006, como una buena noticia. De hecho, fue una de las primeras que solicitó acogerse al nuevo derecho universal, el 8 de junio de 2007.
Papeles y más papeles
Seis meses después recibió los papeles en los que su marido era clasificado entre los grandes dependientes, que en el peculiar lenguaje de la ley es el equivalente al grado III nivel 2. En noviembre de 2008 le remitieron los papeles para que la mujer se diera de alta en la Seguridad Social como cuidadora no profesional mediante un convenio especial. Y así lo hicieron. Después, entregaron la copia en la Gerencia Territorial de Servicios Sociales.
De hecho, Marcelina ha comprobado que figura como cuidadora en la Tesorería de la Seguridad Social desde el 8 de junio de 2007. «Pero de la ayuda económica, nada de nada». Tiene derecho a un «sueldo» de cerca de 400 euros por cuidar a su marido, cantidad que se obtiene a partir de los ingresos del marido, pensionista del régimen especial de la minería.
«Estamos como al principio... o peor», agrega su hija Rosana, «porque hasta noviembre teníamos una hora de ayuda a domicilio de lunes a sábado y ahora nos la retiraron porque es incompatible con la ley de la dependencia, pese a que mi madre pagaba mensualmente 108 euros por este servicio».
Madre e hija se reparten los cuidados de Rogelio mañanas y tardes. Marcelina y Rosana cumplen al dedillo el perfil de cuidadoras de las estadísticas. La madre lleva cada día peor la carga a causa de la descalcificación que hace añicos sus huesos, pero su buen humor no se ha resentido en los doce años que lleva cuidando de su marido. Mientras habla, su marido la llama: «¡Marcelina!, ¡Marcelina!». Y ella se ríe: «Así está toda la mañana. Me da una guerra...», comenta con cariño.
La hija la echa una mano por las tardes. A las tres y media en punto llega con su hijo, a quien a la mañana siguiente volverá a llevar al colegio. Vive en Navatejera, pero prefieren cuidar a su padre en el pueblo porque «tenemos más sitio y estamos mejor, mientras podamos», alega la madre. «Sólo sé de una señora que cobre, que lo arregló por el País Vasco porque vive parte del año allí con su hija», concluye Marcelina.