Diario de León

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Una vida para contar... y seguir contando

Antonio Pereira con Victoriano Crémer durante el homenaje tributado a éste último por sus cien años

Antonio Pereira con Victoriano Crémer durante el homenaje tributado a éste último por sus cien años

Cristina Fanjul
León

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Contar y seguir contando. Éste podría ser el título de la biografía de Antonio Pereira. Muy joven decidió -”apenas con trece años-” que quería dedicar su vida a alumbrar relatos y a inmiscuirse en el alma de desconocidos. «Las historias que más me gustan son aquellas en que ni yo mismo distingo entre lo vivido y lo soñado», le decía al periodista Vicente Pueyo en 1999. Y es que, como el verso de Cernuda, las ensoñaciones del autor de Cuentos de la Cábila se movían sin cesar entre la realidad y el deseo. Aquello que para la mayoría es un hallazgo tardío -”la capacidad de enhebrar el recuerdo a través del tapiz de la ilusión y convertirlo en una invención con vida propia-” fue para él una chispa temprana: «En mis ficciones todo es verdad, mi verdad».

El suyo fue un hogar modesto, pero sensible. Él mismo contaba que la herencia fue determinante. «Mi propio padre tenía condiciones fundamentales de poeta». Fundamental también sería la imprenta librería de su tío Tomás Nieto, donde Pereira se abriría a los mundos de Julio Camba, Julio Verne, Valle Inclán o Balzac-¦

Herencia... Las carambolas genéticas quisieron que el niño villafranquino echara de menos desde muy joven las gafas. La deficiencia visual le conduce hacia la soledad del libro, pasión que se reflejará en poemas como Ese niño que miro y que me mira, Madrigal del viajante, y en el relato Unas botas del 43 .

Su cuento preferido era Obdulia, un cuento cruel , y el escenario de su propia fábula, la cola del cine Crucero, en un día en que, poco antes de descubrir el amor imposible entre Bogart y Bergman, se tropezó con el comienzo del suyo con Úrsula.

Caricaturista

Como todos los grandes, su ingenio no era capaz de convertirse en espejo de la caricatura social. Un día, poco después de la muerte de Franco, Antonio Pereira, se dirige a uno de los camareros del Café Gijón: «Fulano, sírvame, por favor, un café», solicita el poeta. «Lo siento, don Antonio. Ahora ya no servimos a nadie. Atendemos», le espeta el barman. «Bien, pues-¦ atiéndame un café», le replica Pereira al asombrado camarero.

«Le recuerdo contando historias... me apasionaba el tono de su voz, berciano y melodioso», cuenta Joaquín Otero, su sobrino, que relata cómo en el último año entabló una relación estrecha con su hijo de diez meses. «No era hombre de gracias ni carantoñas. Tenía una comunicación de miradas con mi hijo. Le miraba fíjamente y yo veía la conversación silenciosa que entablaban», recuerda. Educación sentimental, como el hecho de que don Antonio se desesperase cada vez que tenía que aguardar por los eructos de su sobrino para iniciar el viaje hacia Ponferrada.

Ilusionado con la fiesta del patrón de la Universidad, estaba ansioso por honrar un año más a San Isidoro. «Uno de los reconocimientos que más ilusión le hizo fue el nombramiento honoris causa, y no paraba de hacer planes para desarrollar la Fundación Pereira», destaca Joaquín Otero.

Amigo de las tertulias -”la de León estaba en el Bambú, donde discutía con Gamoneda, Salvador de Pablos, Luis Picón, José María Suárez, García Zurdo-¦-” y, sobre todo de sus amigos. Los que le conocieron bien elogian su capacidad para obviar o interiorizar las posibles decepciones -”«nunca se le oyó hablar mal de nadie»-” así como de reconocer y no olvidar a cuantos le ayudaron. Así lo hizo en Informe sobre la ciudad de N.. ., donde elogia a su maestro de infancia, Jesús del Palacio.

De entre todos los literatos que pudo conocer fue sin duda Jorge Luis Borges el que más le fascinó. Rememoraba su paseo por la calle Florida, y cómo al argentino le gustaba decir y hacer travesuras. Él mismo consumó ayer la última. Se murió temprano, a las once de la mañana de un sábado que «se aproximaba a la pascua florida».

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