Reportaje | OLIVIA ALONSO
Una tarde de humo y silencio
«Cuando se confirmó que había caído un avión nadie se lo quería creer. Tendíamos a minimizar las consecuencias»
A pesar del incesante ulular de sirenas y de que más de mil personas participaban en las tareas de rescate y asistencia, un año después del siniestro del avión de Spanair los trabajadores de Barajas destacan «el denso humo que inundó el aeropuerto» la tarde del 20 de agosto del 2008. «Es muy difícil de explicar: estábamos en medio de un gran ruido, pero el silencio era total. Tan sólo se oían los movimientos de los que asistían a los heridos». Es la sensación que guarda un agente de las Fuerzas de Seguridad del Estado, que acudió poco después del siniestro al arroyo de la Vega, situado entre las dos pistas de despegue, donde cayó el avión. Vivió también el accidente de 1983 entre un DC9 de Aviaco y un Boeing 727 de Iberia, con 101, fallecidos y en ambos casos no olvida el «fuerte olor». Recuerda la confusión que se vivió en Barajas en los minutos posteriores al siniestro y que cuando se confirmó que «se había caído un avión nadie se lo quería creer. Tendíamos a minimizar las consecuencias».
Es una opinión compartida por muchos trabajadores, que se resistían a creer que la normalidad de un aeropuerto con una media de 1.200 vuelos y 150.000 pasajeros diarios se había visto truncada por una catástrofe con 154 fallecidos. «No te esperas lo que te vas a encontrar» asegura Miguel Angel Sánchez García, jefe de dotación de los bomberos de Barajas, que llegó al siniestro tres minutos después de que la torre de control activara la alarma. «Sólo con ver la columna de humo ya sabíamos que el accidente era grave, pero pensábamos que el avión estaba más entero. Cuando avanzas hacia la tragedia te das cuenta de su magnitud. El humo y el fuego dificultaban mucho el trabajo, que centramos en encontrar y rescatar a los supervivientes de los hierros, tras ver que aún había gente con vida», destaca.
Aquella tarde actuaron en el accidente unos 70 bomberos de AENA, los 3 jefes de dotación y los 21 de guardia, además de «otros cincuenta que se presentaron al saber la noticia», recuerda Sánchez.
En las terminales también se sentía la tragedia, como recuerdan en la farmacia de la T2, donde se vivió el nerviosismo, el miedo y el abatimiento de los empleados de Spanair, que acababan de perder a 9 compañeros (tan sólo se salvó una de las ocho auxiliares). «Muchos tripulantes ya no querían volar», recuerdan en Barajas.