Diario de León

Reportaje | ANA GAITERO

Una vara de luz en la oscuridad

Medio millar de personas ciegas o con baja visión han ganado autonomía con la rehabilitadora de la Once

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León

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Un anuncio de prensa cambió la vida de la madrileña Esther Gallego. A los pocos días había sido seleccionada, entre tres mil aspirantes, para formarse como técnica de rehabilitación de la Once. «El tribunal lo presidía un hombre de mediana edad, ciego y con gran capacidad de comunicación», señala. Pasó de desconocer cómo podía desenvolverse una persona ciega en su vida diaria y en el trabajo a ponerse en su piel de por vida.

Un antifaz se convirtió en su aliado, desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, para «sentir a ciegas cómo caminar por un pasillo, subir y bajar escaleras, reconocer referencias en una acera, cruzar sola con la única ayuda de un bastón blanco calles sencillas y plazas con gran densidad de tráfico, sortear obstáculos, pedir ayuda en la vía pública, orientarme y bajar en el metro, comer, cocinar, coser, planchar, pagar en un comercio...»

Como les ocurre a todas las personas que aprenden a moverse sin una vista suficiente, la futura rehabilitadora un día se perdió con los ojos vendados. Los cambios en la calzada y la ausencia de tráfico le alertaron.

«Me aferré a la pared, única señal palpable y la seguí a través del tacto indirecto de mi bastón», no se quitó el antifaz, totalmente prohibido, pero tampoco recibió respuesta de su compañero. Tropezó con un paredón -”el sonido de la contera rebotaba-”, notó un olor diferente, extraño, sintió unas pisadas y pidió ayuda. «Era un trabajador de la morgue del aquel edificio, un gran hospital, en el que yo me había colado».

Fue una gran lección: es muy fácil perderse con las estrategias visuales de las personas que ven. «Una persona que pierde la vista tiene que aprender nuevas técnicas para interpretar de forma analítica, palmo a palmo, la información ambiental para formar su imagen espacial», explica la técnica. Al terminar la jornada, se quitaban el antifaz y visionaban el día a través de imágenes grabadas.

«La realidad es que una persona ciega nunca se puede quitar el antifaz y la labor técnica radica precisamente en ayudarle a saber dónde y cómo se ha equivocado y enseñarles a descubrir la multitud de referencias táctiles, auditivas, olfativas y/o visuales que puede llegar a aprender a utilizar eficazmente una persona ciega o con una grave deficiencia visual», subraya después de veinte años de experiencia como técnica rehabilitadora de la Once en León.

Cada año atiende una media de sesenta casos desde las sedes de León y Ponferrada y desplazándose al lugar donde vive la persona afiliada, requisito imprescindible para beneficiarse de este servicio gratuíto. Ella se convierte en su vara de luz, esa pequeña porción de sol que a veces se cuela entre las nubes. En dos décadas de experiencia, calcula que medio millar de personas han aprendido a ser un poco más autónomas con las técnicas para las que le preparó la Once.

Cada persona cuenta con un plan individualizado de atención de los servicios sociales de la Delegación Territorial de la Once en Valladolid, que puede comprender la intervención de otros profesionales del equipo (instructores tiflotécnicos, profesorado, psicólogos, animadores socioculturales, trabajadores sociales). «Sabemos cuando empieza pero no cuando termina: un afiliado de la Once lo es mientras viva y a lo largo de su vida presenta diferentes necesidades que pueden requerir una intervención», subraya Salvador Galvarín, delegado territorial de la Once en Castilla y León. Cinco personas alumnas de Esther Gallego cuentan su experiencia.

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