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La matriz no contenía nada

Carrie Anne-Moss y Keanu Reeves, los protagonistas de «Matrix Revolutions»
Después de tres filmes, la gran algarabía que los hermanos Wachowsky lograron concitar alrededor de su promocionado i nvento se ha quedado finalmente en sonoro petardazo. Si en las ruedas de prensa promocionales, el hierático Keanu Reaves (su composición del mesías Neo pasará a la historia como un monumento a la inexpresividad), que no debe haber leído un libro en la vida, comparaba a los Wachowsky con el filósofo Hume; ahora parece claro que Hume, en realidad, significaba humo; porque sólo cenizas quedan ya de aquel tibio rescoldo inicial que algunos confundieron con el amanecer de una nueva etapa para el cinematógrafo, como si bajo su pretendida apariencia de modernidad realmente ofreciese algo nuevo o diferente. Hay más novedad, aún revisada hoy, en la obra de pioneros como Griffith, Chaplin o Murnau que en los tópicos reciclados de los célebres hermanos. Visto lo visto, que ya es todo, de Matrix quedará lo efímero de una moda que sirvió casi exclusivamente como excusa para vendernos gafas y abrigos de cuero. El final de la trilogía tiene dos partes, bien representativas de lo que ha sido toda la serie: un prólogo lento y aburrido, narrado con menor pericia de la que muestran cantidad de estudiantes de cine en sus primeros balbuceos con la cámara; y mucho discurso pretendidamente cargado de profundidad, pero tan hueco como el frágil y tramposo envoltorio que lo cobija, servido en «pildoras de filosofía todo a cien», una empanada mental que no engaña a nadie. MATRIX REVOLUTIONS: EE.UU. 2003. Director: hermanos Wachowsky. Intérpretes: Keanu Reaves, Carri-Ann Moss y Laurence Fishburne.