CORNADA DE LOBO
De barro
ME GUSTA el barro más que las nubes. La nube es efímera, caprichosa, meona e inalcanzable. El barro es sopa cruda de polvo y lluvia; ahí se cuece la vida, la bacteria y el reptil; y cuando se seca, se hace ladrillo con el que levantamos torres de Babel para tocarle el faldón a las nubes y las pelotas al Cielo. El barro es nuestro padre. Adán era terracota. A la mujer la hicieron con carne de costilla y es otra cosa, lleva su ventaja porque no es lo mismo que te hagan de arcilla que de chicha con hueso. El barro, el fango, la charca y el lodazal hierven de vida, gusarapos, renacuajos, salamandras, miasmas, gusanera... Meter ahí las manos da un no sé qué repugnante, pese a lo cual de crío lo hacía a menudo; me gustaba amasar barro para hacer diques en las reguerillas de la calle tras un chaparrón o colar los dedos ciegos por furacos de barro y raíces en la orilla de presas y acequias buscando el cangrejo espantadizo o encontrando la rata que no se espantaba y te daba un ñasco en el dátil. Hay cierto placer en sobar arcilla dura a base de agua haciendo papurrias. Modelar barro haciendo dioses o hacer un botijo para sentirse humano es un logro evolutivo de la especie más importante que el descubrimiento de la rueda. El que trabaja el barro es un dios y crea a su imagen y semejanza (los hijos imitan), aunque los dioses hacen paisanos y los demás sólo adobes. Esta tierra estuvo llena de dioses haciendo su casa de barro, pisaron arcilla y paja, escuadraron ladrillotes cocidos al sol, levantaron tapiales... y de barro bruñido por alpargata era el suelo de la estancia principal de su morada, allí donde reside el alma del fuego y las palabras del clan, la cocina. Cuando los hombres eran de barro, las puertas de las casas no se cerraban. Al inventarse el ladrillo se impuso la tranca. Y cuando se descubrió el hierro, se inventó el candado. Me quedo con el barro. No hay mejor blindaje térmico. ¿Recuerdas cuántas personas eran necesarias para hacer un buen tapial? Tres, rapaz, tres: un borracho, un cojo y un enano saltarín. El borracho odia el agua y al tapial hay que echarle casi nada. El cojo acarrea la tierra y ha de hacerlo con gran parsimonia para que el enano saltarín pueda ir apisonando el barro entre tableros con mucho golpe menudo y compactante, no de pisón que quebranta lo fraguado. Pide barro, pues, que de barro somos.