| Crítica | Cine |
Te veré en la otra vida

Nicole Kidman interpreta a una viuda enajenada
De las muchas películas sobre reencarnaciones varias con las que, en general, nos han castigado durante las últimas décadas, esta que comentamos hoy es la más inquietante; al menos desde Peter Proud y Las dos vidas de Audrey Rose . Reencarnación resulta turbadora por su atmósfera glacial y por la confianza que el director deposita en las capacidades proteicas de la actriz protagonista. Nicole Kidman interpreta a una viuda desequilibrada, interlocutora de la confesión de amor de un niño de diez años que afirma ser su marido reencarnado. Kidman utiliza con milagrosa habilidad una nueva apariencia camaleónica. Con el pelo corto y muy delgada, la nariz y las orejas agigantadas, su rostro fantasmal experimenta la regeneración ideal para ser el objeto de la extraña anunciación. Quebrando otra vez la dorada regla de no mirar a cámara, la actriz, sin mover un solo músculo, es decir, sin utilizar sus más poderosas armas de expresión, va oscureciendo la mirada durante una larga secuencia en primer plano, mientras suenan valkirias wagnerianas. Es un momento extraordinario. Como Kidman y la secuencia del concierto, la película se mueve constantemente entre lo ridículo y lo sublime, sin perder nunca un coherente equilibrio que juega con la posible explicación racional y con el delirio contenido, pero pleno de momentos notables. Como en el que Huston, futuro marido de Nicole, se lanza contra el niño como lo haría un personaje de Buñuel, arrastrando en su desvarío un piano de cola. La agresión contra el competidor reencarnado culmina en otro homenaje al maestro de Calanda: unos azotes en una secuencia de perversa violencia. «REENCARNACIÓN»: Dir: Jonathan Glazer. Int: Nicole Kidman, Cameron Bright, Lauren Bacall. 98 minutos.