| Crítica | Cine |
Para morirse...
Destino final , el origen de este engendro, ya no era ninguna maravilla. Como otras tantas franquicias sin imaginación ni nada que se le parezca, explotaba las angustias primarias de niñatos monos y privados de cualquier rasgo de inteligencia. Al final de la película, y siguiendo los cánones del subgénero, la mayoría de ellos acababa siendo picadillo para ketchup y todos tan contentos. Su único atractivo era que en ésta, el malo no era un psicópata o un monstruo, sino la mismísima Muerte in person . Segundas partes nunca fueron buenas, y las terceras no digamos. Destino final no es El Padrino, así que la decadencia continúa, por mucho que en esta ocasión el estudio recupere al director -James Wong- y al guionista de la primera parte. Vista una, vistas todas: ya sabemos qué va a pasar, cómo y a quién. Tal vez por eso, Wong haya decidido redoblar los aspectos gore e insistir en lo que mejor sabe hacer, las escenas de acción. Claro que la publicidad ya desvela que la escena culminante tiene lugar en una montaña rusa, así que uno bien se puede ahorrar la entrada. Los que se decidan a pasar por taquilla se arriesgan a vomitar sobre las palomitas, b ien por no tener el estómago acostumbrado al baile de vísceras, o bien por puritito asco cinéfilo. Si no fuese porque «Viva la muerte» es una frase maldita -esa sí siniestra, casi diabólica-, vendría al caso decirla aquí. Las satisfacciones que aporta Destino final se reducen a ver morir a los protagonistas, verdaderos portentos del griterío y habituales de otras producciones de pseudoterror. En fin, que el eslogan que le ha puesto la distribuidora tiene mucha razón, cuando dice eso de «este viaje será la muerte para ti...». «DESTINO FINAL 3». Estados Unidos. 2005. Dirección: James Wong. Intérpretes: Mary Elisabeth Winstead, Ryan Merriman, Kris Lemche. Terrror. Duración: 92 minutos.