Ser a veces bosque
La prisa es algo muy humano. Salvo para huir, raro es el animal que se apresura en el desempeño de sus actividades corrientes. La tranquilidad que trasmite la naturaleza es la de las cosas hechas a su amor, cuando la medida no son segundos sino estaciones, por no entrar en eras geológicas. Como escribió Harkaitz Cano en un poema, «el bosque no tiene prisa». Somos los hombres los únicos que padecemos esa enfermedad del vértigo, que procede de la intuición del tiempo, el cual nos pone ante la perspectiva de la muerte. Ese vértigo es lo que acaso nos humanizó, nos sacó de primates preocupados por la próxima comida y nos alzó a hombres acuciados por la siguiente vida. La intuición del acabamiento o del fin, a la par que produjo la angustia, afiló nuestro único sentido realmente desarrollado: la inteligencia de lo perentorio. La necesidad de la prisa. El existencialismo todos lo llevamos dentro: desde la infancia sin conciencia del paso del tiempo, saltamos de súbito a la madurez y el compromiso, a esa edad atormentada por la conclusión y el final de todo. Crecer, hacerse mayores, en gran medida es una cuenta atrás. Si la imagen del reloj de arena continúa vigente en la era digital es como metáfora del río que pasa y va a dar a la mar.
Entre la nostalgia y la ansiedad vivimos la gran mayoría. Quizá por eso, últimamente han surgido movimientos que propugnan la lentitud, lo «slow», el tomarse una tregua en el modo de vida apresurado que alientan las ciudades y los sistemas de producción acelerada y competitiva que nos hemos dado. Como todo impulso utópico, es refutado por el realismo de la gran escala: si a todos, a la vez, nos diera por practicar una existencia reposada, a la medida de los pulsos de nuestros corazones, seguramente la sociedad se vendría abajo. Además, para irse a vivir a una cabaña, en plan Walden, siempre hay tiempo, pero lo que faltan son posibles. Ya dijo Borges que el dinero era «tiempo futuro».
Aunque sea un placer al alcance solamente de ricos, todos podemos tomarnos respiros de lentitud. Entre el vivir el instante del «carpe diem» y la búsqueda de la ataraxia sin deseos ni temores, un camino intermedio. Como además no hay cabañas para todos, aceptar las cosas que vienen a su sabor. Ser, de cuando en cuando, bosque.