Castilla y León
El autonomismo español, en su encarnación «castellano/leonesa», es una excepción conjuntiva: esa «y» griega que acerca y aleja a la vez dos regiones. Ninguna otra autonomía ha confiado en el altamente improbable prodigio de que un simple nexo gramatical obre el milagro de armonizar dos identidades en una. Somos la Bosnia y Herzegovina ibérica. Un poco también el Mortadelo y Filemón —aunque casi más bien el Zipi y Zape— hispano. Más de cuarenta años de colectivismo, que no cooperación, y todavía no se ha conseguido que ningún leonés celebre Villalar, que como fiesta histórica no estaba nada mal tirada: es una derrota mítica como todas las naciones tienen una. Pero que no cuajó en la parte occidental que componen Salamanca, Zamora y León. Sobre todo en León, una provincia que aún recuerda su pasado imperial de reyes reposando en Babia y reinas paseando por el Bierzo, y una capital en la que, como dijo Luis Mateo Díez, demasiado a menudo «lo viejo no deja ver lo antiguo».
La prueba de que aquí no ha calado lo de «nueve provincias, una comunidad», y no lo hará nunca, es que no hay día que no se ensalce en las redes este o aquel gesto de dejar viuda en la señalética a la bandera púrpura o que suene el «con su sangre a torrentes vertida» del himno leonés o que se vitupere a los hombres del tiempo por olvidarse de la conjunción sagrada que nos une y nos separa a esa Castilla que hoy por hoy representa Valladolid, Pucela para los enemigos no de la ciudad del Pisuerga sino de la autonomía que representa de facto, aunque no en los papeles, porque como todo el mundo sabe esta comunidad tiene de hecho dos regiones pero ninguna capital oficial. Al menos hasta ahora, en Valladolid se conforman con lo oficioso que conlleva todas las prebendas de lo oficial: sedes, funcionariado y atracción del capital inversor. Como si vinieran a decir: dame pan y llámame como quieras.
Al poder de una letra jamás se le ha fiado mayor empeño. Es tanto lo que se le pide que parece fruto de un pensamiento mágico: acoplar en un destino común a dos regiones a las que nada más las une la imposición de un falso «matrimonio de Estado», porque, aunque hagan oídos sordos, la conjunción en León se percibe como subordinante en vez de como copulativa, y casi que así es mejor.