Volver a ser
Las redes sociales son relaciones humanas extensivas. Lo intensivo es el cara a cara, la reunión en el bar, la comunión en un estadio de fútbol o en un concierto, la demorada conversación en una sobremesa con un abundante reflujo de palabras. En confinamiento han tenido algún sentido, sustitutivo sobre todo, como paliativo a las restricciones, pero en estado de libertad sanitaria como al que poco a poco estamos regresando va imponiéndose ineludiblemente el volver a ser en los otros, en compañía presencial, sin faltas de asistencia. El contacto directo, piel con piel, abrazos y besos, palmotadas en la espalda y un trago a morro, ¿bailas? Volver sin miedo a las viejas costumbres sociales, volar sin prevenciones, ser como éramos hace dos años que nos han parecido un par de siglos.
Las amistades globalizadas igual comienzan a resentirse un tanto y nos echan de menos, pero a los conocidos y «holeados» digitales, a estas alturas del «secuestro» social, seguramente ya los estábamos sintiendo un poco de más en nuestras vidas. Y casi fijo que no era tanto por ellos como por el medio, que era el mensaje: la macrogranja de Facebook, el establo de Instagram, los mercados del ligue a los que acudir en casos de soledad extrema, la pantalla publicitaria de TikTok o el foro callejero de Twitter, donde aspirar a encontrar chispas de inteligencia es como darle el micro a un mono y esperar que se arranque con una aria. Adiós a todo eso. Arrivederci, good bye, au revoir. O, por lo menos, hasta luego, que no tiene por qué ser pronto.
Las medidas sanitarias provocadas por la pandemia nos dejaron un legado de distancia y cierto afán gregario —porque a la fuerza ahorcan— de socializar a través de aplicaciones. El final del túnel ya se ve y, aunque tengamos secuelas, ya que ha sido un trauma, los afortunados supervivientes estamos hambrientos de efusivos saludos, compartir de nuevo los postres, apurar hasta la última nota la muñeira final de la primera verbena. La mampara de la mascarilla, esa red de seguridad a la que aquí llamábamos bozal y en Hispanoamérica cubrebocas, nos protegió, nos uniformó y además puso entre nosotros kilómetros que nunca tuvieron mil metros, sino mucho más. Porque hay despegos, como el de unos abuelos de sus nietos, o el de una cara de su sonrisa, que nada más se pueden medir en lágrimas. ¿Tienes fuego?