Diario de León

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No salimos del asombro en nuestro corrillo cada vez que entra en la cafetería alguien con ropas que vocean letras, viendo que cada vez son más ostentosos los logos publicitarios estampados en prendas o complementos. A veces la marca acaba siendo más grande que el bolso, la camiseta, las gafas, el chándal o los leggings, esas calzas que marcan en la entrepierta un pie de camello y en sus perneras suelen dar su grito vertical los logos en letra de cañón. Ninguna se priva: Cristiandiós, Jodidas, Dulce Galbana, Níquel, Gochi, Bueyberra, Armario, Herpés, Lui Botón o Iba San Lorán (y no llegaba) son algunas de las más comunes y, por lo visto, codiciadas, aunque sean de rastro cuatrero o más falsas que las mulas de Cabo. Cuánta obsesión.

Quienes llevan encima y pasean bien visibles estas marcas ¿por qué le están haciendo publicidad gratis a un caro producto que a su vez encarecen notablemente con tantísima otra publicidad gastada en todo medio y soporte logrando ser firmas insultantemente millonarias? Esta publicidad siempre se tarifa, se contrata y se paga sin rechistar, menos «a los tontos de Carabaña, a los que engañan con una caña», con un logotipo rebrillado en colorines gritones y sin soltar siquiera un llaverín al menos por tanto favor desinteresado y pánfilo. ¿No parece algo estúpido regalarles una propaganda que además será paseada durante mucho tiempo, publicidad móvil y muy visibilizada, no estática y breve como una valla, lo que sin duda encarecería su tarifa?... Lo único seguro de los adoradores de marcas es que esa publicidad creen estar haciéndosela sólo a ellos mismos, convencidos de que logran así poder lucir clase o gustos caros. En fin, lo de convertirse en valla publicitaria por la cara no parece muy de gente cuerda o equilibrada y ahí veremos siempre al pazguato o al florerito más contentos que un tonto en un campanario. Y ahora, la pregunta decididamente capciosa: ¿quiénes se obcecan más en lucir marcas, ellas o ellos?... ¿?... ¿?... Cuánto deprime ver que la tontería no tiene sexo y que la manía no tiene arreglo.

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