Globos electorales
Se aproxima otra campaña electoral. Los partidos políticos ya están inflando nuevos globos. Con más ahínco, quiero decir, porque siempre los están lanzando como si fueran sondas. Pero los globos interelectorales pecan de la modestia del pragmatismo, del lastre del «algo hay que hacer además de soltarlos», aunque nada más sea ratificarlos doce meses después en el presupuesto con una partida sin provincializar que no da ni para los ladrillos del palacio prometido. Y ni eso, a veces, que ya hemos vivido el caso del parador rehecho con menos habitaciones y más fantasmas, San Marcos, que Cendón nos dice que sigue adelante su segunda fase aunque no salga en las previsiones económicas del gobierno, sin especificar más, no vaya a meterse por medio Iker Jiménez, al que ya llamaremos cuando celebremos los encuentros en la cuarta fase.
Elección tras elección, el guion para embaucar los votos del pueblo sigue una misma falsilla que ya está algo desgastada: primera toma de contacto con el electorado consistente en echar en cara a los contrarios todo lo que ellos no realizaron o hicieron mal, en mítines o debates, es decir, la ceremonia del desprestigio, la herencia recibida o por recibir y la patada al gato; segunda parte, la más creativa, el inflado de globos, la creación de esperanzas, la exposición de unos planes de futuro propios, casi siempre calcados de los anteriores minuciosamente incumplidos durante los cuatro años anteriores. A poco más se reduce, hoy por hoy, el discurso político. Al menos en la postrada provincia, ese lugar que etimológicamente viene a significar, según algunos, «el lugar de los vencidos», pero que sin ninguna duda fue un territorio conquistado vistas las tragaderas que se nos han quedado.
Parece mentira que un guion tan pobre y previsible sea escenificado en todos los comicios y que además funcione. O más o menos, porque los resultados de la abstención —ese voto de castigo— cada vez resulta más costoso desdeñarlos alegremente. Es de mear y no echar gota votar una vez tras otra las mismas promesas hechas por los mismos solo porque no las hay mejores. Costó mucho la democracia para que nos la desgasten de este modo. Los globos de colores, inflados con helio, se elevan en el cielo preelectoral. Ascenderán y ascenderán hasta que cueste verlos. Luego se desharán en la troposfera y caerán a muchos kilómetros, ensuciando un prado o una playa lejana con sus ajadas mentiras de campaña.