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Los Premio Nobel de Física y Química de este año reconocen la grandeza de lo pequeño, de lo casi invisible que cambia la vida de las personas, lo que verdaderamente mueve el mundo.

Los puntos cuánticos han revolucionado la luz y son una gran esperanza contra el cáncer. Esos minúsculos materiales infinitamente pequeños, reconocidos por la academia sueca con el máximo galardón que premia la aportación de la química al desarrollo de la humanidad, están ahí desde siempre como una promesa para revolucionar el mundo de la medicina. Nadie, hasta ahora, los veía, pero cumplen su función. Sólo faltaba que alguien se fijara y descubriera su poder.

La Física revoluciona el concepto del tiempo con los attosegundos que permitirá estudiar mejor otra partícula minúscula, los electrones, que forman parte de la capa exterior de los átomos y que sirven para generar energía. Un attosegundo equivale a una trillonésima parte de un segundo. Ahí estaban, esperando a que alguien los pusiera en su lugar.

La concesión de estos premios sirve para reivindicar el valor de lo pequeño, tan pequeño que casi nadie lo ve. Casi nadie hasta que llega alguien con auténtico espíritu del conocimiento de la verdad como para liderar el cambio que permite el avance. Una paradoja de la vida, similar a los millones de personas, pequeñas, invisibles, a los que los que todo lo saben y enjuician con verdades absolutas son incapaces de atribuirles el valor que se merecen, lo que se traduce en talento perdido. El valor de la repetición de actos pequeños permiten adquirir un buen hábito.

Lo mismo, pero justo al contrario, le ocurre a Plutón. Un planeta majestuoso aunque los científicos hayan decidido sacarlo de la lista de los grandes del sistema solar. Ahí estaba y está, sin apenas cambios en su inconquistable territorio, al menos que se sepa. De ser un grande pasó a ser pequeño. Durante 62 años, desde su descubrimiento en 1930, nadie puso en duda su categoría hasta que decidieron por un consenso no por todos compartido que era demasiado enano. La naturaleza de las cosas apenas cambia, lo que sí se modifica es la percepción y el conocimiento que tenemos de ellas. Lo bueno es bueno aunque haya quien no lo vea o no sepa apreciarlo. Lo malo es malo aunque haya un grupo que, en función de intereses partidistas, decida que es malo o que no conviene.

«Quién lo diría, los débiles de veras nunca se rinden». Esta frase de Mario Benedetti, uno de los grandes escritores al que nunca le reconocieron con el premio Nobel, vuelve a poner en valor la fortaleza de lo que se considera vulnerable, frágil.