AL TRASLUZ
Un bienaventurado
Tenía Severino García Trapiello una merecida doble fama: de hombre bueno y de gran artista. En todas las semblanzas ha habido consenso: corazón de oro, excelente pintor. Su fallecimiento interrumpe la que hubiese podido ser su mejor etapa como paisajista; ahora él es ya paisaje celeste. La belleza de sus cuadros no era edulcoración, sino destello de sí mismo. Y dado que sobre su féretro había una cruz podemos definirlo en clave cristiana: un bienaventurado. En el tanatorio, Pedro me dijo con ternura de hermano mayor: “Se murió de la misma manera que había vivido… dando las gracias, pidiendo perdón a todos… y plenamente convencido de que nuestros padres le estarían esperando”. El adiós a tus progenitores forma parte de lo asumido como adulto, aunque luego nunca estés preparado para ello; sin embargo, despedir a un hermano es una amputación. Junto al féretro, uno de sus cuadros; maravillosamente seleccionado, pues le resume. Parafraseando a Cervantes - y como pésame a Andrés- lo que se sabe sentir, se sabe pintar. Hace muchos años, escribí un texto para uno de los programas de sus primeras exposiciones. Su pintura no es realista, sino Verdad. Había alcanzado hace tiempo su propia maestría, pero en su obra no hay exhibición técnica, aunque ya la dominase, sino gran logro susurrado. No era buen pintor solo porque pintase bien, sino porque él mismo era bueno. Descansa en paz, querido y admirado Seve. Caminabas de puntillas por la vida, y así te has marchado. Saludos a Van Gogh.
Hay un viejo equívoco tendencioso, arrastrado desde el siglo XIX, relativo a que con buenos sentimientos no se hacen buenas obras de arte; lo proclaman siempre quienes no consiguen hacerlas, quizá porque no los tienen. Seve plasmó belleza porque creía en ella y la llevaba en los adentros, posiblemente desde niño. Sí, su pintura está mucho más allá de lo «bonito». Eternidad, encarnada en una nube, en un árbol, en el agua… y refleja lo mejor de nosotros, nostalgia del Paraíso.Y sí, me resulta conmovedor ese consenso sobre él, en su doble condición de gran pintor y de hombre bueno. La humildad no era su fardo, sino el color más puro de su paleta. En efecto, un bienaventurado. Y ya está -de nuevo- con sus padres.