cuarto creciente
Memoria de la herrumbre
Una fotografía en color de la vieja locomotora 31 del tren minero entre Ponferrada y Villablino, rodeada de vapor, sirve de portada al libro donde el maquinista de Renfe Daniel Pérez Lanuza hace memoria del Museo del Ferrocarril a los veinticinco años de su inauguración en la capital berciana. La fotografía la tomó el director de los museos de Ponferrada, Javier García-Bueso durante una de las exhibiciones que en los últimos años han sacado a la vieja dama de hierro de la lonja donde aguarda a que los gestores del Consorcio del Tren Turístico se acuerden de ella. Porque debería ser ella, para ser fieles a la memoria del tren minero, la que tirara de los vagones donde viajen los turistas.
Tres rosas rojas y una más pálida adornan la caldera de la vieja 31 en esa imagen. El vapor rebota contra los ráiles, emerge de la chimena como el aliento de un dragón. Desprende calor. Se mueve. Parece un milagro que siga funcionando.
Cuando abro el libro, el primer impacto viene de la colección de imágenes en color y en blanco y negro de todas las locomotoras, de los vagones tolva, de las máquinas en movimiento a lo largo de la línea que serpentea por la orilla del río Sil hasta Laciana. Huele a carbonilla de nuevo.
Y me parece tocar el óxido de las locomotoras que todavía se pudren en una vía muerta de La Placa. Noto el tacto herrumbroso del hierro corroído por la lluvia, por el sol, por el paso del tiempo, por la polución. Por el sonido de los trenes que circulan por las vías paralelas de vez en cuando. Por el ruido del tráfico en la avenida que crearon cuando levantaron las vías del trazado a Villablino.
Allí siguen, después de tantos años, las máquinas que no restauraron. Respiro carbonilla otra vez. Y si cierro el libro, mientras la 31 parece que quiera salirse de la cubierta, como en aquella película primitiva de los hermanos Lumiére, una tormenta de vapor y una nube de polvo de antracita se escapa de las páginas impresas y ahoga el olor de las rosas en la caldera.