Diario de León

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in dejarte dar un solo ruido quiso la muerte llevarte negándonos momento y despedida... como si quisieras partir sin obligarnos a decirte antes, querido Manuel Esteban, la honda huella que nos dejas y el pozo vacío de nuestras palabras cuando tu eco ya no pueda devolverlas. Se te vino la muerte en leve y fulminante robándonos el adiós, pero de alguna forma lo agradecemos porque así es como que no te has ido, que no te vas y que todo es una puta broma del destino... y un ahora vuelvo. Y que sigues aquí, en tu tierra, en tu cuna, en tu sitio, en tu huerto de la razón y de la duda, en tu gente de sangre o de corazón... en tu casa. Vaya que seguirás, aunque ya no encadenado a este tiempo nuestro de marejada mental y zozobra de la nave en la que vamos todos con sus tumbos cada cual. Y digo que no te vas porque también aquí te quedas. Aquí vive tu palabra, la que de joven aprendiste escolástica para después no dejar de buscarle madres al saber, palabra con la que iluminaste y agitaste la mollera a tantísimos rapaces dándoles Filosofía en el instituto Juan del Enzina, palabra que te instruían los kilómetros de librería en tu casa con tu no cesar de aprender más y más. Palabra dada, Manuel, palabra escrita, Esteban, esa palabra que tu irracional modestia rehuía editarse como si tu mundo no fuera de este reino, esa palabra que ahora ya no podrás impedir que se saque del cajón ciego y la hagamos candelabro en la mesa porque tu sobrado conocimiento y pensamiento sólo perseguían armonizar al hombre, no confundirlo ni atormentarlo... así que guardo como oro en paño una de las pocas copias que hiciste de tu breve ensayo sobre el Infierno dedicándoselo a Dante, tu rotundo trabajazo sobre el Mal en el que vuelcas cuatro estanterías o la autopsia que le hiciste a Marx para dejarnos boquiabiertos con tu erudición y dominio. Claro que nos queda tu palabra. Y con ella te reviviremos. Pero maldecimos tu muerte y que tu latir no sea ya el metrónomo de tu Marisa y tu Guillermo y de tus hermanos y de todos los que aquí nos conquistó tu ser, tu saber y tu armonía de armonium. Hasta siempre, Manuel. Espéranos, Esteban. Esto no es un adiós.

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