Morcilla cultureta
Vivimos tiempos de respuestas en nombre de todos, eso dicen, sin que ninguno haya hecho preguntas, que son, sin duda, más importantes y pueden evitar más fácilmente los dogmatismos con que se pretende someter. Anular el pensamiento crítico para quedar a la deriva impuesta por cantamañanas y vendedores de flautas, vacías del discurrir de mínimas coherencias. Palabrería y estridencias. Abundan los oráculos de un nuevo Delfos redimido. Uno de esos dogmáticos de la opinión, que ya no tiene tiempo para ofrecerla desde más púlpitos, hacía no hace mucho un paréntesis en la solemnidad de su discurso redentor para referir una “morcilla cultureta”, según sus propias palabras, llenas de soberbia: no otra cosa era que la alusión a una novela, como si la vergüenza se apoderase de él y había de tratar el asunto con desprecio. Desprecio directo a la cultura, tangencial para no ser sospechosa. ¿Sospechosa de qué? Y desprecio a la morcilla, tan grave atrevimiento. Parece mentira. Cuántas veces los silencios mejoran la situación.
La anécdota, si es que no fuera actitud de supremacía que algunos se han otorgado a sí mismos, me lleva inevitablemente a otra, de parecido ringo rango. Un crítico literario conocido, que recibía mensualmente numerosas novedades de literatura infantil y juvenil, determinó, junto a las autoridades municipales del momento, hacer de la biblioteca de su pueblo un referente de notable enriquecimiento en este sentido mediante generosas donaciones periódicas. Todos más que contentos. Las nuevas elecciones, sin embargo, cambiaron de signo. Y un nuevo concejal fue aceptando las cajas de libros que el crítico llevaba hasta la biblioteca en su coche. El concejal, hoy sepultado en la niebla del olvido y el desdén, que se había hecho con el mando incontrolado del municipio, poderoso y desafiante, le espetó un día al benefactor de aquella humilde biblioteca: “Estoy hasta los cojones de tanto libro”. El crítico ya no descargó una caja más. Hasta hoy. Preguntado en alguna ocasión por un vecino sobre la interrupción de la llegada de nuevos títulos, el insigne munícipe fue escueto y rotundo: “Ya se sabe lo raros que son estos culturetas”. Y se quedó tan pancho en su desprecio a los libros, a la cultura y a la generosidad de la inteligencia. Ver para creer.