AL TRASLUZ
Ángeles con paraguas
En esta columna voy a incumplir con tres normas casi sagradas, pero es que sin incumplirlas quedaría coja de sentido: debo decirles, pues, que me han regalado un libro: Ángeles y demonios en la catedral de León (Edilesa), que a usted recomiendo que compre; y debo revelar que me lo ha obsequiado su propio autor: el sacerdote y director del Museo Catedralicio Diocesano, Máximo Gómez Rascón; y además quiero reproducir qué dedicatoria me ha puesto: «(…) tu bendita madre, como la mía, te enseñó que un ángel bueno te acompañaría siempre». Bello libro, bella dedicatoria y bella conversación entre viejos amigos. Y además tuve propina, como me dispongo a contarles. Vayamos por partes. Me llamó y me citó en su despachín. Mis comienzos periodísticos fueron informándoles sobre las restauraciones en la Catedral. El libro llama la atención desde la misma cubierta: un ángel cuya sonrisa dota a la piedra de existencia. Fue grata charla, no muy larga pero intensa en contenido. Los ángeles son palabras mayores; nuestro templo tiene una legión de ellos, aunque casi nos los vemos; también, no pocos demonios. El libro, profusamente ilustrado, es un regalo muy navideño y muy leonés… pero no por localismo, sino por su universalidad. Un gran destello de fe.
Lo guardé en mi mochila y nos despedimos. Me dirigí a impartir mi taller del Quijote para los mayores; ya en la calle, advertí que llevaba en la mano el paraguas de don Máximo. No fue hurto, sino despiste… ni siquiera había llegado con el mío. Le mandé un whatsapp, con mi disculpa y compromiso de dejárselo luego en conserjería. Precisamente, días atrás había abordado en el taller cuando el caballero andante añora los tiempos en los que aún «no existía el tuyo ni el mío». La propiedad ajena es un concepto sobrevalorado, pero tampoco hay que pasarse. Enseguida me contestó: «Considéralo un regalo de Navidad». Triple regalo: el libro, la dedicatoria y el paraguas. Más la reafirmación de amistad, ese tesoro.
Todo despiste es según con quien te comparen, habrá días en los que la Catedral no sabe dónde ha dejado los pináculos. Marta ya me lo ha quitado de las manos, con eso de los cien años de perdón… Los demonios no necesitan paraguas; los ángeles, a veces.