Diario de León

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Siempre ha habido un verdadero afán por escribir una Geografía literaria de España, que seguramente siempre sería incompleta. Es verdad que en los ámbitos provincial y regional, teniendo en cuenta sobre todo la arquitectura y el paisaje, hay muestras magníficas, aunque, por razones obvias, siempre acaban siendo un proceso que nunca finaliza. Esto es lo que me anima a escribir estas líneas. Revolviendo, con la pretensión de ordenar papeles, encuentro este soneto de 1962, Pulchra leonina, que el autor, fallecido en 2008, me había enviado, aunque soy incapaz de precisar fecha. De cualquier forma, la ocasión tiene ahora doble finalidad.

Por una parte y pensando en quienes algún día registren los nombres de ilustres de esta tierra, quede el de Macario Díez Presa, nacido en 1920 en Salio, uno de los pueblos anegados por el embalse de Riaño. Licenciado en Teología y doctor en Filosofía, claretiano, fue profesor de estas materias en diversos centros. Autor de numerosos libros, es considerado escritor y poeta de elegante finura.

Y por si alguien sigue escribiendo la geografía literaria de esta capital y/o provincia, quede también esta Pulchra leonina del claretiano de Salio: «Soñando con tu propia lejanía, / despertaste crecida en el camino, / hecha milagro gótico, destino / frente a tu afán de luz. Tu siempre día / se hace llama, poema, geometría, / liturgia de ascensión en repentino / pájaro a tus ojivas. Yo me empino, / y el cuerpo, por tus arcos se extravía. / Tu ingrave arquitectura ya no siente / el cansancio del tiempo, porque es vuelo / sin ave, casi de alma, piedra ausente / dictando una lección de luz al suelo, / que, al verte en tu ascensión, quiere ser puente / de tu fuga hasta Dios por ese cielo…».

Javier García Prieto publicó este mismo año un magnífico libro: Catedral de León. Con los ojos ajenos, cien miradas de viajeros —nacionales y extranjeros— sobre la catedral que nos ocupa. Seguirán siendo incontables por la belleza que atesora.

El libro de García Prieto es un fiel testimonio. La belleza es una de las grandes verdades de estos tiempos de prisas aparentes e inmediateces. Porque la Pulchra «es —según Unamuno— de una suprema sencillez» y, por lo tanto, de una suprema elegancia. Y la elegancia no se improvisa. Cada día es más un don. Y los dones perviven en el tiempo.

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