Diario de León

Creado:

Actualizado:

Hay árboles que se congelan en el otoño como las estaciones muertas. El cambio climático deja hojas amarillas perennes igual que el olvido (y la necedad) gubernamental congela los trenes de Feve en el apeadero de la Universidad. No me refiero solo al Gobierno de ahora, sino a los sucesivos que, desde 2011, han condenado a la estación de Matallana a ser una tumba de trenes de vía estrecha. Ha llovido lo suficiente para que el último directivo de Feve y el primero de Renfe al que endosaron la compañía de los Ferrocarriles de Vía Estrecha estén calados hasta los huesos. De vergüenza.

La lluvia de pueblo, que es lo que es León capital por más que quiera dárselas de capital, no cala de la M-30 para el centro. Allí, las tempestades son de otra materia. Vuelan en metro y conducen a manadas de turistas en los buses Naviluz.

El tren de Feve, el de Matallana, es más que un tren. Es la historia viva de una era que feneció con el carbón. Y la única esperanza de la ribera y la montaña que atraviesa. Es el magnífico transporte de cercanías que se merecen los habitantes que resisten a la tentación de cerrar la maleta y emigrar. Es el tren de respiro de León a la montaña, un elogio de la lentitud si el destino es Bilbao.

El tren de Feve es una anomalía de la España radial. Una aventura para llegar al mar. Una vía viva que quieren congelar, siguió la estación. Como sepultaron todas las vías que no pasaron por el aro de Madrid. El tren del oeste, dos raíles sobre la Vía de la Plata, siguió el trazado de norte a sur por el occidente de Hispania que trazaron los romanos y que las merinas patearon (y platearon) durante siglos por La Vizana, nació a contrapelo de esa España radial que ha expulsado a la periferia occidental de los ejes de desarrollo en los siglos XX y XXI.

El tren de Feve es esa conexión de lo rural con lo urbano que ponen como coletilla en los papeles de los fondos Next Generation, que está escrita sobre el terreno y quieren borrar como sea. Es el tren del que no se habla en el Congreso, ni tan siquiera en ese Senado caduco y trasnochado que se convirtió en vocero de la reacción más inconstitucional que se ha visto dentro de una institución democrática.

El alcalde de León patinó en la estación y rectificó. Después de enterrar millones del erario público en las flamantes vías del tran-tran, pero no compraron tren ni tran y tuvieron la ocurrencia de hacer un paseo ajardinado. La risión fue general y el enfado cuajó en una marcha a ritmo de tren tran, a la que se apuntó hasta el último presidente de Feve.

Tener acceso al transporte público no sólo es un derecho, sino una fuente de salud. Porque el aislamiento produce soledad, y la soledad no deseada, es fuente de tristeza y depresión. Hora es de que se mejoren las precarias comunicaciones entre la ciudad que crece y la provincia que mengua y que no destrocen lo que aún nos queda.

El tren de Feve es uno de los últimos signos de resistencia de una provincia achantada, que sigue siendo hermosa y rica. Un lugar donde crecen cosas.

tracking