CUARTO CRECIENTE
Los hombres que no leen a Jane Austen
Me preguntan por qué los hombres no leen a Jane Austen, a punto de comenzar un año de actividades para conmemorar su nacimiento, hace dos siglos y medio, en una rectoría de Hampshire, en la Inglaterra georgiana.
Me preguntan por qué los varones no sienten el mismo interés que las mujeres por la lectura de Orgullo y Prejucio o de Sentido y Sensibilidad. Por qué tan pocos lectores dedican tiempo a Persuasión, o a Emma, —novelas que escarban en la sociedad de la gentry (propietarios rurales en un mundo asomado a la primera revolución industrial) y que trascienden a su época— en comparación con el creciente número de mujeres que leen y releen esas historias.
Y lo primero que hay que reconocer es que, por desgracia, y por prejuicio, los hombres no solo no suelen leer a Jane Austen; a los hombres, en general, les cuesta leer a las mujeres, en particular. La inglesa Mary Ann Sieghart lo contaba hace tres años en un ensayo que tituló La brecha de autoridad y donde revelaba que en el Reino Unido, las diez autoras más leídas (desde Margaret Atwood a la propia Austen) apenas tenían un 19 por ciento de lectores masculinos. Así que partimos de que una mayoría de los hombres que leen tienen un sesgo sexista. Aunque no lo sepan.
Un sesgo que en el caso de Austen, una de las primeras mujeres en entrar en el canon literario, se agrava porque sus novelas han llegado hasta nuestros días contaminadas por una visión romántica de sus tramas, explotada por las series y el cine. Y Jane Austen no era una autora de novelas rosas. Lo sabe cualquiera que haya leído con un poco de atención sus historias, llenas de sutilezas. Aunque a su estela creciera toda una literatura popular, las «novelas de tacitas», como se las ha llamado.
Así que si los hombres no leen a Jane Austen se debe a un malentendido. Y a un prejuicio de los que tan bien hablaba la autora en sus novelas. Un sesgo que fácilmente puede superarse; apaguen por un momento el canal de streaming y abran un libro de Jane Austen.