Diario de León

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Celebrar los 50 años de la muerte de Franco tiene sentido. El dictador murió en la cama y su último suspiro en 1975 fue el principio del fin de un férreo régimen fascista. Casi 40 años a garrote y mordaza de un país que se subió al motor del siglo XX en un 600 y con una diáspora que mermó el intelecto y el progreso humano y dejó el germen de la España vaciada mientras cantaba las glorias del pasado.

Tiene sentido que las generaciones jóvenes y las olvidadizas adultas miren por las rendijas de la memoria que se abren en la efeméride. Es hora de que la dictadura más larga heredera del fascismo europeo no sea la lección que se come el tiempo a fin de curso.

Desde hace medio siglo, España «camisa blanca de mi esperanza», a la que cantó Ana Belén con letra de Víctor Manuel, trata de recoger con los hilos de la genealogía democrática que se cortaron con el golpe del 18 de julio de 1936 en el que Franco se abrió camino como «generalísimo». Porque España, «reseca historia que nos abrasa, con acercarse solo a mirarla», conocía la libertad antes de Franco y recobrarla fue una tarea titánica que no se pueden arrogar cuatro padres de la Constitución y todos los relumbrones que veremos desfilar bajo el eslogan confuso de «50 años de España en libertad».

Olvidar los logros de la II República es un error. De ahí, y del movimiento obrero que la precedió (la jornada de ocho horas, y atravesó, venimos. Hay que decirlo con orgullo. El sufragio femenino, antes que en Francia, aunque una década y doce años después que en Afganistán, llegó a España, «paloma buscando cielos más estrellados», en 1931.

Conocer y dar a conocer la dictadura implica desmontar el mito de que con Franco vivíamos mejor y sacar a flote el orgullo de los vencidos pero nunca derrotados.

En esta línea del tiempo que llega hasta el presente tienen su fecha señalada muchos leoneses y leonesas. Después de la brava Aída de la Fuente y de la corajuda Teresa Monge, nombro a Genara Fernández, maestra fusilada en 1941 que repartía propaganda contra el fascismo en 1939. A Albina Pérez, que sufrió cárcel junto a otros universitarios por la pintada ¡Viva la Universidad Libre! en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid en 1947; a Chave Serrano, que vio frustrada su carrera de Medicina en 1968 por daños colaterales del activismo antifranquista; a Lola González, que perdió a su novio y a su marido, el uno, Enrique Ruano, sospechosamente ‘suicidado’ en una detención en 1969 y el otro, Javier Sahuquillo, asesinado por la extrema derecha en 1977.

Cincuenta años después de Franco, nombro a seis personas, cinco de ellas mujeres, una leonesa, cuya libertad pende de un hilo por hacer activismo sindical en el siglo XXI. ‘Las 6 de la Suiza’, condenadas a 3 años y 8 meses de prisión, por reivindicar los derechos de una trabajadora a la puerta de una pastelería deben ser indultadas en esta España, aún utópica, «donde entendernos sin destrozarnos, donde sentarnos y conversar».

En una España que sea madre y no madrastra.

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