AL TRASLUZ
Sin duda, felicidad
Perdimos los buenos, no importa. A veces, el caballo del malo corre más. El pasado domingo, allá arriba, Pérez-Chencho, querido colega culé, pediría otro gin— tonic. Quizá, cayeron cinco. Uno por gol. Carezco de supersticiones, no interpreté como mal augurio futbolero la misteriosa llamarada que días antes cruzó el cielo. Si me cruzo con un gato negro no le ladró para que se vaya. Uno no estaba mirando hacia las nubes en aquel momento, pero vi la inquietante fotografía en la edición digital de este periódico y mi primer impulso no fue exclamar: «¡Horror, el fin del mundo y no he pagado aún mi cuota de la Asociación de Cervantistas!». Allá arriba ya habría tiempo de pagarla, ¿no? Y eso que el titular tampoco tuvo efectos relajantes: «Una impresionante bola de fuego cruza el cielo y cae sobre un pueblo de León». Impresionaba. Dime lo primero que pensaste al leerlo y te diré quién eres. «Valladolid nos ha declarado la guerra», pensaría Bernardo del Carpio. Qué manía con el catastrofismo. Una enorme bola de fuego cae del cielo… ¿Por qué no iba a ser la felicidad? Llega sin avisar, pues tiene nuestra llave, se la dimos hace ya mucho. Entre que la misteriosa gran llamarada caía a tierra y encontraba aparcamiento fue menguando hasta terminar —según leí— en algo «del tamaño de una pasa». Ni siquiera de un melón pequeño o de una nuez grande. ¡De una pasa! Te da en la cabeza y ni hubiese contado como colleja. Ni te rascas.
Ahora bien, que lo sepan ustedes: he decidido ser un columnista más zen. Sin llegar a soso, pero sí del tipo estoico. «¿Qué el Barça ha metido este domingo cinco goles al Madrid…? No sabía nada». Inmutable. Eso sí, cuando los míos ganen haré una cabriola. O mejor, cinco. Marta hizo diez, a dos por gol. Siempre hay algo que celebrar, incluso en las derrotas. Todo es santiamén.
Y no siempre la felicidad queda reducida a algo del tamaño de una pasa. No hay alegría pequeña, todas se agradecen. Vale, el domingo perdimos los buenos. Ya pasó. Además, el caballo del malo también tiene su corazoncito. Sí, sin duda, la impresionante bola de fuego era la felicidad. Siempre deja rastro luminoso, incluso cuando aparentemente se ha desintegrado. Era ella, sin duda. Fue, es y será.